En busca de Henry James



“Para él, sin duda, la cosa para la cual todos éramos absolutamente ciegos estaba vívidamente allí.
Era algo, supuse, que estaba en el plan primigenio, algo semejante a una figura compleja en un tapiz persa.”
(1)


Por vasta y por ajena, se me hace imposible poder hablar de la obra en general de Henry James. Mejores ensayos habrán que refieran a la vida y obra de uno de los principales exponentes literarios del Siglo XIX, cuyo nombre aún resuena afortunadamente hasta hoy.

Henry James ha escrito varias novelas, quizás la más conocida sea “Una vuelta de tuerca”, pero que no será aquí la vedette en este espacio de reflexión destinado a las letras. Quien sí será punto de reflexión es un cuento de no más de 10 páginas, pero que comprime la excelencia de este escritor de forma memorable, haciendo gala de un género que más tarde han sabido elevar grandes como Borges o Cortázar y que actualmente otros pretenden equiparar: el cuento o relato corto.

“La figura en el tapiz” es a quien hacemos referencia. James expone concisamente en las pocas páginas de este relato, ese difícil trayecto que separa al escritor de su crítico, ese abismo que divide dos mundos irreconciliables pero a su vez mutuamente necesarios.
En esta pequeña tragicomedia, a través de la pluma psicológica de James, se nos presenta a un joven crítico literario
que es invitado por un prestigioso semanario a escribir sobre el gran escritor Hugh Vereker. La admiración de este
joven muchacho por el consagrado escritor se manifiesta en un artículo de prensa excelentemente elaborado
y donde abundan las loas al autor.

Quiso la suerte, o la fatalidad, que en un encuentro social característico de la Inglaterra de esos tiempos, autor y crítico se encontraran, y donde en un acto de transparencia y honestidad, el consagrado Vereker revelase al joven crítico la existencia de un tesoro común a todas sus obras que nadie en el mundo de la crítica, incluso ese inteligente y agudo artículo periodístico que él había escrito, ha podido nunca descifrar. El viejo escritor le acababa de informar sobre la existencia de “la cosa en particular por la que he escrito mis libros (…) la idea sin la cual no hubiera dado un comino por todo mi trabajo. Es la intención más fina y más plena del conjunto…” (2).

Desarrollado el planteo, el cuento gira en torno a la búsqueda desesperada de ese joven crítico por conocer la verdad escondida detrás de la obra de Vereker.

La paradoja de la situación no es menor, y obviarla sería no sólo una infamia al propio James sino además no entender que es a partir de aquí donde comienza la novela psicológica. El encontrarme sentado aquí intentando cumplir la tarea que le fue encomendada al joven crítico literario, el intentar encontrar ese tesoro debajo de la obra de James, ese punto donde todo converge, ese Aleph del sótano de su obra, fue el desafío asumido cuando se pensó en la crítica a este cuento. Es entonces cuando no hacemos sino consagrarnos al eterno rol de repetirnos que nos adjudicó James. No hay salida a esto, porque las reglas fueron hechas por el Creador y ser criatura es aceptarlas. Entonces James comienza a sonreírse detrás del sonido que provocan cada una de estas teclas, detrás de cada hoja que se va produciendo y que se seguirá produciendo sobre su obra, en cada ensayo en su honor.
El trazo del crítico y la búsqueda del Ser escritor, de conocer las razones del por qué, de querer diferenciarse del lector ordinario, del querer discernir más allá de sus posibilidades, no hacen más que continuar la tarea encomendada al joven. Los espejos se multiplican, los críticos se reproducen y Henry James cada vez más alejado.

Porque las distancias son cada vez más y más grandes, porque la cultura de la referencialización –para unos-, o cultura de citas –para otros-, acentúa el divorcio con el original, que tampoco es El original, ya que este subyace sólo a través de la coexistencia de su obra con nosotros. Así como el joven crítico va viendo que el acceso a la verdad ya no podrá ser a través de la fuente misma, y se va conformando con las versiones de las personas que lo separan de Vereker; el crítico hoy prefiere la mediación (más ligera y rápida) que la fuente misma (profunda y compleja), confundiéndola vanidosamente con la verdad.

Así, el crítico fue derrotado. Derrotado no sólo por la imposibilidad de su empresa, no sólo por la utópica posibilidad de desentrañar la compleja madeja detrás del autor, sino derrotado principalmente por la cita y la referencia, que hizo de su mundo la mediocridad misma, la medi@cridad misma.

Entonces, ¿por qué sentarse a escribir sobre este cuento? ¿Por qué iniciar una pelea que sabemos no podemos ganar? Porque Henry James no es sino los intentos fallidos de sus críticos, a lo largo de estos siglos, a lo ancho de sus egos. Esa arrogancia es la que hoy me hace ensayar una respuesta entorno al tesoro escondido en esta pequeña joya de la bibliografía de Henry James, una idea que probablemente cada crítico deba procurar descubrir/entender frente a su reto: la idea de que quizás descubrir La figura en el tapiz no sea otra que la de descubrir la figura del crítico, y que la imposibilidad en efectuar esta empresa consista en no querer realmente saber qué se vislumbra detrás de tanta sombra.

 
 
Malatesta
Notas:
1 – JAMES, Henry. La figura en el tapiz y otros cuentos. Centro Editor de América Latina: Bs As, 1969.
2 – Ibid.