El 5 de julio de 1889, nacía en Maisons-Laffitte, una pequeña ciudad cerca de París, Jean Maurice Eugène Clément Cocteau, un singular y polifacético personaje que dejó huella en la escena cultural francesa. Se destacó en variados campos artísticos tales como el cine, la pintura, la música, el teatro y por supuesto en las letras. En reconocimiento a su labor y aporte cultural fue nombrado Miembro de la Academia Francesa (en 1955) y Miembro Honorario del Instituto Nacional de Artes y de Letras de Nueva York (en 1957).

Jean Cocteau, un maestro vanguardista que promovió los primeros conciertos de Jazz en parís y se codeó con Stranvinsky, Picasso, Satie y Apollinaire. Jean Cocteau, un homosexual reconocido que rompió con la ortodoxia francesa del siglo veinte.

Su prontuario literario es extenso y variado. Incursionó en la poesía lírica y dramática, en la novela, en el ensayo. Entre sus obras más reconocidas se encuentra, “ La lampe d'Aladin”, una compilación poética de 1909, “ Antígona ”, una interpretación escénica del clásico mito griego, las novelas “ Thomas el impostor ” y “ Los niños terribles ”, y “ Opio. Diario de una desintoxicación ”, una crónica de sus días en la clínica Sain Claud en la que mezcla dibujos y reflexiones sobre diversas cuestiones, entre ellas, el opio.

Este diario que dirige “a los fumadores, a los enfermos, a los amigos desconocidos reclutados por los libros” (1) es un relato de una desintoxicación en el que, como él dice, “no atestigua, no defiende, no juzga”, sino que “aporta unos pliegos de cargo al sumario del pleito por el opio“.

En 1923 muere repentinamente su pareja Raymond Radiguet. La muerte de su joven compañero trastornó profundamente a Cocteau. Su desesperación le llevó al “desequilibrio nervioso” y como reconoce, prefirió “el equilibrio artificial a la falta absoluta de equilibrio” (2). Así llegó a consumir opio en grandes cantidades y así llegó, más de una vez, a la intoxicación.

Sin embargo, en su lucha por desintoxicarse reconoce firmemente sus propias debilidades y expurga a la sustancia de la culpa. De esta manera escribe: Sigo convencido, a pesar de mis fracasos, de que el opio puede ser bueno y que sólo de nosotros depende el hacerlo grato. Hay que saber manejarle (3).

Para el escritor, el opio es un antídoto, un placer y una siesta extraordinaria en tanto no se fume para combatir un desequilibrio moral; allí es cuando el opio se torna trágico (4). Y se torna trágico no por cuestiones físicas ya que la euforia que produce es, según él, superior a la salud. Lo terrible del opio, las torturas , -escribe- provienen de un retorno, a contrapelo, a la vida” (5), del “hastío mortal del fumador curado (6).

Para Cocteau, fumar opio significa lanzarse de ese tren expreso que se dirige hacia la muerte, es apearse del tren en marcha; es ocuparse de otras cosas que no sean la vida y la muerte (7). Es llegar a velocidades nunca antes alcanzadas, velocidades que llegan a la inmovilidad (8) . El opio, dice, nos proporciona la intuición clarísima de mundos que se superponen, se compenetran y ni siquiera sospechan entre sí (9). El opio tranquiliza, tranquiliza con su lujo, con sus ritos, con la elegancia antimedical de las lamparillas, pipas, con el cuadro secular de ese envenenamiento exquisito (10).


En sus crónicas, le reconoce al “ángel negro” sus horas perfectas, y se pregunta por qué la medicina intentará perfeccionar la desintoxicación en lugar de intentar hacer al opio inofensivo (11).

El espectáculo de un fumador de opio, es para él una obra maestra. Decir de un fumador en estado continuo de euforia, que se degrada, viene a ser como decir del mármol que ha sido deteriorado por Miguel Angel; del lienzo que fue manchado por Rafael; del papel, que fue emborronado por Shakespeare; del silencio, que fue roto por Bach (12).

Para Cocteau esta sustancia divina revela algo de cada uno, y piensa que el hombre que no fuma puede que nunca llegue a conocer eso que el opio despierta. Con una magnífica metáfora se expresa diciendo: Todos llevamos en nosotros algo enrollado, como esas flores japonesas que se desenrollan en el agua. El opio hace el papel del agua. Ninguno de nosotros lleva el mismo modelo de flor. Puede ocurrir que una persona que no fume no sepa nunca el género de flor que el opio hubiese desenrollado en ella (13) .

 

 

Por otra parte, reconoce que el opio es bruto y que el hombre torpe, y por tal razón se debe andar cuidado, de lo contrario la serpiente negra se escapará, reptando, en seguida. ¡Sed prevenidos! –advierte- Bordea los muro, baja las escaleras, los pisos, gira, cruza el vestíbulo, el patio, la bóveda, y bien pronto se enrollará alrededor del cuello… (14)

Más de una vez estuvo Cocteau internado a causa del excesivo consumo de opio. Y más de una vez tuvo que dejarlo a un lado, no sin cierta melancolía por aquello que una vez había sido. El pesar de tener que abandonar aquel divino placer que había sido descubierto. El placer del ritual y de la droga misma. En sus escritos reconoce lo difícil que le resulta tener que abandonar ese tesoro que había descubierto.



NOTAS
1- Cocteau, Jean, Opio. Diario de una desintoxiación, Ed. Dintel, Bs. As. 1959 , p.11.
2- Ibid., p. 13.
3- Ibid., p. 20.
4- Ibid., p. 51.
5- Ibid., p. 14.
6- Ibid., p. 28.
7- Ibid., p. 28.
8- Ibid., p. 46.
9- Ibid., p. 82.
10- Ibid., p. 47.
11- Ibid., p. 16.
12- Ibid., p. 63.
13- Ibid., p. 50.
14- Ibid., p. 55.