Mas Yendo nación en Tokio en 1957. Actualmente vive en New York dónde realiza trabajos experimentales vinculados a la arquitectura, al diseño y al espacio.
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Existe un momento de silencio cuando todos los objetos son grises y proyectan grisedad.
Antes de que llegue el amanecer no hay ni luz ni sombra, solamente un vacío entre el tiempo y espacio. Un lugar que evoluciona y se desmorona, liberándonos y reprimiéndonos a la vez.  
Incandescencia en el oscuro horizonte. Como un insecto atraído por la luz.
La antorcha cegadora de la ciudad. Pixeles de luz se transforman en ventanas.
Un fortaleza vertical  nos atrae hacia su pulso. Los impresionantes tentáculos de la metrólpolis escupen vapor  hacia el cielo. Sus laberínticos filamentos de acero se entremezclan como las raíces de un gigantesco árbol.  Callejones traseros hechos de rechazo: conglomerados de cajas de acero deterioradas  montadas como partes industriales. Las luces de la calle revelan espacios malditos y abandonados. Elementos mecánicos que sobresalen de decrépitas estructuras. Desnudas tuberías se envuelven y se enredan como apresadas. Cables sueltos, paneles de acero oxidado, pintura descascarada y muros estratificados capturan la esencia de la ciudad. Este lugar pecador no se oculta en un escondite, existe. Es emocional, temperamental, irracional, discontinuo; es tan lógico como lo somos nosotros. La ciudad encarna memorias, hechos e ilusiones. La manifestación de nuestras vidas, ideas y conocimientos es atrapado por sus limitaciones y luego por sus posibilidades. No podemos sino encontrarnos a nosotros mismos en su destrucción y en su construcción, en sus formas y sus sombras, en su siempre cambiante densidad y complejidad, en su pavimento y sus paredes.

escribe_Mas Yendo