- ¿Cómo y cuándo te encontraste con la historia que narra “Himmelweg” y cómo fue la decisión de representarla?
- Hace unos años, en una conferencia, oí mencionar por primera vez el caso de un delegado de la Cruz Roja que visitó Auschwitz y Theresiendstad y que de esta segunda visita había realizado un informe favorable. Inmediatamente deseé hacer teatro a partir de aquel caso. Aquel hombre, que probablemente inició su visita con la pretensión de ayudar a las víctimas y acabó siendo cómplice de los verdugos, me hacía pensar en mucha gente que me rodea, y en mí mismo.

- En “Himmelweg” se plantea la representación de una representación… ¿Cómo crees que esa distancia (dos grados de alejamiento del hecho) juega en el hecho de abordar un tema como el de los campos de concentración?
- En “Himmelweg”, los judíos no representan una obra cualquiera, sino aquella escrita por su verdugo para enmascarar la horrible realidad en que viven sus actores. El “teatro dentro del teatro” no tiene aquí voluntad de alejarse del hecho -el exterminio de los judíos-, sino de acercarse a él por una vía opuesta a la de la representación de la violencia física. Uno de los dos grandes temas de “Himmelweg” –el otro es el de la invisibilidad del horror- es el de esa segunda forma de violencia que se ejerce sobre las víctimas consistente en obligarlas a defender el relato de los verdugos. “Himmelweg” no nos presenta la vida de las víctimas –yo no tengo derecho a ponerme en lugar de las víctimas, ni a convertirme en su portavoz-, sino la falsa vida que para las víctimas ha escrito el Comandante. Quien, como el Delegado de la Cruz Roja, se dirige al público en presente, que es el tiempo de los vencedores. Los vencidos, en cambio, están congelados en el tiempo, representando una y otra vez la mentira que enmascara su catástrofe.

- Parece ser que la cicatriz del nazismo, lejos de suturar, abre las posibilidades a nuevas miradas, sobretodo desde las artes, y últimamente se han generado controversiales manifestaciones (pienso en los filmes “La Caída” y “La Secretaria de Hitler”). ¿Cuál crees tu que es la dificultad que se plantea, desde las artes, al momento de tener que abordar este complejo pasado? ¿Qué opinión te merecen estas, si se quiere, “nuevas miradas” sobre el nazismo?
- Los riesgos a la hora de representar la Shoah son muchos, y en ellos incurren algunos intentos más o menos bienintencionados: la exhibición obscena de la violencia, la manipulación sentimental del sufrimiento, la explotación del siniestro “glamour” del Lager”… Todos esos riesgos han de ser tenidos en cuenta a la hora de lanzar nuevas miradas sobre aquel tiempo. Pero esas miradas son, por otro lado, necesarias y urgentes. La memoria de la Shoah es la mejor arma que tenemos en la vigilancia y en la resistencia contra viejas y nuevas formas de humillación del hombre por el hombre.

- Sobre la memoria "como arma de vigilancia" en nuestra época, siento que el abordaje al pasado, principalmente en las nuevas generaciones, ya no se da desde la historia o la filosofía. Ahora la historia se cuenta en películas taquilleras o, en el mejor de los casos, como teatro o literatura... ¿cómo crees que esto influye en la construcción de esa memoria?
- Efectivamente, la memoria colectiva se forma menos sobre los libros de los historiadores que sobre las representaciones artísticas  del pasado. Así, por ejemplo, la representación que mucha gente se hace de la Shoah –yo prefiero esta expresión a la de “Holocausto”- es la que les ha ofrecido “La lista de Schindler”. Pero no se trata de un fenómeno nuevo: probablemente, muchos atenienses conocieron la victoria de los griegos contra Jerjes en la versión que Esquilo presenta en “Los persas” y muchos españoles del XVII hicieron suya la representación que del nacimiento del Estado moderno ofrece Lope de Vega en “Fuente Ovejuna”. El arte ha tenido siempre una responsabilidad fundamental en la construcción de ese artefacto que llamamos “pasado”.

- ¿Por qué te parece que la Shoah es "la gran herida" de la humanidad, habiéndose registrado en la historia otras formas de genocidio tan crueles?
- El exterminio planificado de seis millones de judíos europeos –entre ellos, cientos de miles de niños- no tiene parangón en la Historia. Pero la memoria de la Shoah no debería hacernos ciegos a otros genocidios, sino por el contrario volvernos más sensibles a ellos, y darnos coraje para no aceptar ninguna dominación del hombre por el hombre.

Filósofo y excelente dramaturgo. Su obra Himmelweg (en cartel en estos días en Buenos Aires) es el pie inicial del contacto con este joven pensador. A partir de esta obra se despliegan preguntas sobre la dificultad del abordaje a la más grande herida que tiene la humanidad, la Shoah.

Himelweg narra la historia de un funcionario de la Cruz Roja enviado a insepccionar un campo de concentración nazi para informar de la situación allí. La visita a Theresiendstad resulta escabrosa: nada ocurría en aquel sereno terreno. Niños jugando, parejas en el parque, vendedores de globos... una perfecta performance teatral que se ensayaba todos los días, el terror que se disfrazaba en la normalidad. Así Mayorga nos lleva al teatro del teatro, la representación de una representación del horror. Y la pregunta latente: ¿quién es el espectador?