Una generación de autores se adelantó al siglo XXI y vio, con pesimismo, cómo el sueño americano era nada más que una fantasía. Una nube de humo que creó el peor mal de su tiempo, la soledad. El siglo veinte estuvo lleno de decepciones para estos cuentistas. Significó el fin del sueño que habían comprado con tanto entusiasmo.
            Grace Paley, (Nueva York, 1922) en sus Cuentos Completos (1) intenta explicar que la felicidad no es algo alcanzable, y que para tratar de encontrarla debemos armar un puzzle del que con seguridad falten algunas piezas: “La mujer cuenta sus hijos y ya tiene bastante para sentirse orgullosa, (…) pero los hombres tienen necesidad de triunfar en el mundo”. Paley describe esa necesidad en términos de dinero y admiración. El materialismo pudo más que la ilusión de un hogar lleno de niños que corretean por todos lados.
            En La balada del café triste (2) Carson McCullers (Georgia, 1917-1967) retoma este punto con una visión aún más pesimista. “Cuántas veces, después de haber estado uno sudando, y esforzándose, y las cosas no se le arreglan, se le mete a uno en el fondo del alma el sentimiento de que no vale gran cosa.” (3) . Se cuestiona si la vida merece la pena. Y se convence de que “todas las cosas útiles tienen un precio y se compran sólo con dinero”. Para ella,  “así es como está organizado el mundo”. Quizá no sea el mejor cuento para leerles a los hijos antes de dormirse.
            Raymond Carver (Oregon, 1938 -1988) critica el viejo sueño. Sus cuentos retratan los peores vicios de la sociedad estadounidense. En ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?(4), enseña la frágil seguridad de las personas. No son tu marido cuenta como un simple comentario termina por hacer que Earl se avergüence del físico de su mujer Doreem y la obligue a empezar una dieta insalubre. “-Mírate al espejo. (…) Creo que podrías perder unos kilos. (…) Unos cuantos al menos”. Esto se une a lo que decía Paley sobre ser feliz. El hombre precisa la admiración y sobre todo la aprobación de los demás. “Earl se levantó, dejó el plato a medio comer en la barra y se dirigió hacia la puerta. Oyó que Doreem lo llamaba, pero siguió su camino.” Si respondía, el resto hubiera sabido que esa gorda era su esposa.
            Paley no esconde su crítica al gobierno. Para ella, éste alimenta y publicita ese modelo de vida estúpido. “Gracias a Dios, el capitalismo tiene una guerra de cuando en cuando para poder tirar del viejo saco de comida, porque, si no, todos estaríamos ya muertos. ¡Ja, ja, ja!”. No se deja engañar. No es ninguna imbécil. Su cinismo la diferencia de sus progenitores: “(…) Alexandra, nada de propaganda por hoy. ¿Por qué tienes que criticar constantemente a los Estados Unidos?”. Ella sabe que esa ilusión terminó hace mucho tiempo. Era un espejismo. El vendedor debería seguir de largo, en esa casa ya todo estaba vendido.
            En el que considero su mejor cuento, McCullers retrata el tema por excelencia que compartían estos escritores: la soledad. En La balada, muestra la transformación en la vida de Miss Amelia con la llegada de su primo Lymon. Éste hizo que descubriese la soledad. “Pero aún así no echaba a Marvin Macy(5) de su casa, porque temía quedarse sola. Cuando se ha vivido alguna vez con otra persona, es un tormento tener que vivir solos. (…) es preferible caer en manos de nuestro peor enemigo que enfrentarnos con el terror de vivir a solas”. Para ella, no hay nada peor que la soledad. Y no era la única con este pensamiento. McCullers describió el horror. Los otros escritores cuentan cómo el hombre inventa lo que sea para engañarle.
            Fe, personaje de Paley, divorciada, tenía tres amantes, “Pero, ¿qué tiene de terrible, pa? (6) ”  No por algo sexual. El premio consistía en tener a alguien todas las semanas en la cocina hablando de su vida. El sexo era secundario. Fe quería la conversación. La necesitaba.
            Más terrible es lo que muestra Lorrie Moore (Nueva York, 1957) con su colección de cuentos Pájaros de América (7). Alos, personaje de Vida en comunidad, un ratón de biblioteca cansado de pasar las tardes con sus libros, empieza una relación con un militante republicano. Éste le recrimina su falta de compromiso con la comunidad. Ante el temor de perderlo por ser egoísta, la mujer acepta que estudiantes de medicina entren en su hora de consulta con la ginecóloga. “Alos se volvió a hundir en la camilla. No creía que se pudiera ofrecer de ese modo. (…) una tras otra, las manos de los estudiantes entraron en ella o presionaron su abdomen con avidez, con inocencia, para aprender algo de ella, en ella. (…)”. A esta cuestión Moore agrega la falta de pertenencia, la desesperación de no encajar en ningún lado. Y encima hacer de cuenta de que somos felices. Acá está todo bien. Siempre con la risita entre dientes, un cumplido tras otro. “No había más hombres por los que vivir. Había perdido su lugar, como en un libro.” Tantas manos, tanto sacrificio, para nada.
            La escritora subraya esta idea en Dispuesta, la historia de una estrella de cine cansada del espectáculo que se envuelve con un mecánico. Dejó una vida que no le agradaba para ver si encontraba la felicidad con un hombre sencillo. Quizá demasiado sencillo: “Pronto comenzó a darse cuenta de que no lo respetaba. (…) ella formaba parte de otro mundo. Un mundo que ya no le gustaba. Y ahora estaba en otro lugar. En otro mundo que tampoco le gustaba”. Quizá el hombre falle en su desesperación. La necesidad de encontrar un lugar, un huequito en el mundo. Como alguien hambriento que come lo primero que ponen sobre la mesa. Para escapar del hambre, de la soledad.
Eligen compañía no por la persona en sí, sino por lo que representa: un cuerpo parlante al lado de uno, que en ocasiones, también escucha.
            J. D. Salinger (Nueva York, 1919) termina con la hipocresía. En Levantad, carpinteros, la viga del tejado (8) muestra a un personaje - narrador, que asiste al casi casamiento de su hermano Seymour. Todo termina en un desastre. Al principio este joven está rodeado de personas que critican a su hermano y él no confiesa su parentesco. “(…) yo tenía veintitrés años, acababa de alistarme, acababa de darme cuenta de la eficacia de mantenerse junto al rebaño y, sobre todo, me sentía solo”. Ahí estaba, escuchando mierda de su ídolo de la infancia y no decía palabra. Pero al final, Salinger regocija al lector cuando el protagonista manda callar a una de las criticonas: “Dije que no me importaba un bledo lo que dijera la señora Fedder sobre Seymour. O en todo caso, lo que tuviera que decir cualquier diletante profesional o aficionado de mierda”. Claro, éste precisó tres fondos blancos de whisky. El coraje estaba bien escondido en la ebriedad.

           

            La compañía casi siempre es buena. Pero no podemos dejar de ser nosotros para encajar. Ninguna audiencia puede demandar semejante transformación. No hay que callarse la boca y tampoco sirve pedir perdón. ¿Desde cuando vale más estar mal acompañado que solo?

           

 

NOTAS

1 / Grace Paley, Cuentos completos, Ed. Anagrama, Barcelona, 2005.
2 / Carson McCullers, La balada del café triste, Biblioteca de bolsillo, España, 1997. Colección de cuentos.
3 / Cita completa: Lo más desconcertante es que todas las cosas útiles tienen un precio y se compran sólo con dinero, y que así es como está organizado el mundo. (…) Pero a la vida de un hombre no se le ha puesto precio: nos la dan de balde y nos la quitan sin pagárnosla. ¿Qué valor puede tener? Si se pone uno a considerar, hay momentos en que parece que la vida tiene muy poco valor, o que no tiene  ninguno. Cuántas veces, después de haber estado uno sudando, y esforzándose, y las cosas no se le arreglan, se le mete a uno en el fondo del alma el sentimiento de que no vale gran cosa. (p. 64)
4 / Raymond Carver, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, Compactos Anagrama, Barcelona, 2001.
5 / Antagonista de Miss Amelia.
6 / Le pregunta Fe a su padre cuando le confiesa que tiene tres amantes y que la visitan todas las semanas.
7 / Lorrie Moore, Pájaros de América, Ed. Emecé, Barcelona, 2000. Colección de cuentos.
8 / J. D. Salinger, Levantad, carpinteros, la viga del tejado & Seymour: una introducción, ENDASA literaria, España, 2001.