A la teoría cuya variable sobre la “Indepezdencia” en el cine se plantea desde aspectos meramente mercantiles, o aquella otra postura más ortodoxa que –rayando lo grosero- categoriza la buena y la mala producción cinematográfica sobre cuestiones geopolíticas, a ambas posturas resiste Darren Aronofsky.
Las narraciones como parábolas, enseñanzas complejas con un mensaje que si bien asoma, abraza más de cerca la latencia de lo no dicho. Y el espectador entiende que cada una de las películas de Aronofsky continúa de cierta forma, sino en él mismo, en alguna otra frontera. Este es el espéculo que utiliza Aronofsky para desentrañar un posible saber cinematográfico.
Hoy, tres películas como tratados filosóficos: Pi (o la belleza del vacío irracional), Requiem for a Dream (o la armonía de la decadencia) y The Fountain (o elogio de la muerte).

Pi, 1998 – EEUU

El primer largometraje de Aronofsky fue lo suficientemente provocador para que el salto del trampolín le permitiese luego zambullirse de lleno en la industria. Porbablemente Pi constituya algo más que la mejor película de este director, marca como sello de origen los rasgos filosóficos del cine de Aronofsky. Este filme aborda el problema de la racionalidad de un mundo al que probablemente le hubiese sentado mejor la definición de caos. Cuando todo depende de la racionalidad de un número, chivo expiatorio de la ilusión iluminista, ¿qué pasaría si finalmente encontrásemos la gran respuesta? Pi no habla de la fe en la religión, o en la ciencia; a lo Borges plantea un mundo con todas las respuestas posibles. La belleza del vacío irracional.


Requiem for a Dream, 2000 – EEUU

Ya en la pista de baile, con el Sundance bajo el brazo, Aronofsky presenta dos años después una extremadamente perturbadora película sobre las drogadicciones. La cuestión teórica de su opera prima, se vuelve crudamente práctica en Requiem for a Dream, una película que habla del mencionado problema, pero que tampoco le huye a la crítica social. Con personajes de Hollywood bien reconocibles, esta película solo significa una sucesión de hechos que justifican los últimos diez minutos finales, donde el papel portagónico de la pieza se lo lleva Clint Mansell, el responsable de la banda sonora de sus tres películas (y en el papel de fotógrafo en Pi). La crueldad y crudeza, visual y sonora, del último tramo de Requiem... rompe con el contrato de no agresión entre creador y público. La armonía de la decadencia.


The Fountain, 2006 – EEUU

Tras seis años sin estrenar, Aronofsky se nos vuelve con una bella alegoría sobre la muerte, y las dificultades humanas para aprender a convivir con ella. Con un elenco poco llamativo en carrera actoral, se salva únicamente Burstyn, algo de la poética del primer Aronofsky regresa a la pantalla. Con Mansell de por medio, y una prolija actuación de Hugh Jackman (es clara la fascinación de Aronofsky por las caras bonitas de Hollywood), esta película muestra ciertos giros muy interesantes para continuar latiendo en el espectador. Y ese latir, tras la muerte de la película, es el latir de toda muerte, es la búsqueda poética de Aronofsky, son las preguntas que nadie va a responder. Elogio de la muerte.