Los Americanos de todas las edades, condiciones y tendencias, se asocian continuamente. No solo poseen asociaciones comerciales e industriales, de las que forman parte, sino que tienen además otras tantas de diversa índole: religiosas, morales, grandes y pequeñas, generales y específicas, vastísimas y restringidas. Los Americanos se asocian para organizar fiestas o seminarios, construir hoteles, levantar iglesias, difundir libros, enviar misioneros a las antípodas; crean de ese modo hospitales, prisiones, escuelas.
En Francia, donde quiera que sea, a la cabeza de una institución está el gobierno, seguramente en los Estados Unidos hay una asociación.
Es así que Alexis de Tocqueville en "La democracia en América", describe el funcionamiento, en la vida social, del principio que de aquí en más llamaremos "principio de la subsidiaridad". Tal principio, auténtico baluarte en la defensa de la libertad de los individuos y de los "cuerpos intermedios" en contraste con las pretensiones omnívoras del estatismo, encuentra una formulación, que ya es clásica, en la Encíclica "Quadragésimo año"(1931) de Pío XI, donde en el párrafo 80 se dice que, así como no es lícito quitar a los individuos lo que ellos mismos pueden llevar a cabo con las fuerzas y la industria propia para confiarlo a la comunidad, también es injusto asignar a una mayor y más alta sociedad lo que pueden hacer menores e inferiores comunidades. Esto ocasiona un grave daño y una gran perturbación en el recto orden de la sociedad ya que el objetivo natural de cualquier intervención de la sociedad misma, es aquel de ayudar en forma suplementaria a los miembros del cuerpo social y no destruirlos o absorberlos.
El así llamado principio de subsidiaridad, retomado en otras Encíclicas papales y en documentos oficiales de la Iglesia (basta recordar la Pacem in terris(1963) de JuanXXIII o la Centesimus annus(1991) de Papa Wojtyla), había sido ya formulado por Rosmini en la "Filosofía de la Política", donde se puede leer que "el gobierno civil opera contra su mandato, cuando compite con los ciudadanos o con la sociedad que ellos integran para obtener alguna utilidad especial, mucho más cuando, prohibiendo tales emprendimientos a los individuos y a sus sociedades, reserva para sí el monopolio".
Abreviando: que el Estado "haga lo que los ciudadanos no pueden hacer".
Es este, por tanto, el principio de subsidiaridad horizontal bien diferente de la otra formulación que lleva el nombre de subsidiaridad vertical donde, por ejemplo, se dice que la Región hará lo que no hace el Estado, la Provincia hará lo que no hace la Región, y las Comunas y las áreas metropolitanas harán lo que no hace la Provincia.
Y está claro que, si el principio de subsidiaridad vertical no es conjugado con el de subsidiaridad horizontal, se cae claramente en una falsa y peligrosa forma de estatismo celebrada en la fórmula: lo que no hace el público lo hace el público. Pero es justamente contra toda forma de opresión contrastante con la libertad, responsabilidad, espíritu de iniciativa de los individuos y de las asociaciones, que ha sido defendido el principio de subsidiaridad, y obviamente, no solo por los católicos.
La "Filosofía de la política" de Rosmini es de 1838. Once años más tarde, en 1849.J.S.Mill publica "On Liberty", bien consciente que "los males comienzan cuando en lugar de recurrir a las energías e iniciativas de los individuos y asociaciones, el gobierno los sustituye; cuando en lugar de informar, aconsejar, o si es necesario, denunciar y poner límites, les ordena mantenerse apartados, y actúa en lugar de ellos."
Sobre esta línea se han movido los grandes liberales de nuestro siglo: Carl Menger, Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek y Karl Popper, entre otros. Escribe Hayek: "Es totalmente extraño a los principios base de una sociedad libre, la idea según la cual todo aquello de lo que el público tiene necesidad deba ser satisfecho por organizaciones obligatorias". El verdadero liberal, según Hayek, debe auspiciar el mayor número posible de asociaciones voluntarias, aquellas organizaciones "que el falso individualismo de Rousseau y la Revolución francesa quisieron suprimir".
Y, finalmente, Karl Popper: "Yo sostengo que una de las características de la sociedad abierta es la de considerar, además de la forma democrática de gobierno, la libertad de asociación, y proteger y estimular la formación de sub-sociedades libres, cada una de las cuales pueda alentar diferentes opiniones y creencias".
Como fundamento del principio de subsidiaridad está en primer lugar la fe en la libertad: se trata de un fundamento ético.
Tenía razón Tocqueville en sentenciar que, aquellos que en la libertad buscan algo diferente de la libertad misma, han nacido para servir. Pero hay también dos fundamentos de naturaleza epistemológica de la que ya hemos hablado: el individualismo metodológico, en el cual el que actúa no es el Estado, la nación, la clase o el partido, si no siempre y sólo los individuos; y la teoría hayekiana de la dispersión de los conocimientos, que nos dice, como ya sabemos, que la solución de la mayor parte de los problemas (y por tanto la satisfacción de las necesidades humanas), debe estar dada por quienes poseen aquellos conocimientos de situaciones particulares de tiempo y de lugar diseminados entre millones y millones de hombres, conocimientos que no podrá tener jamás ni siquiera el más poderoso gobierno, ni el más sabio y poderoso tirano.
Y es en un horizonte similar que Hayek subraya "la importancia de la existencia de numerosas asociaciones voluntarias, no solamente para fines particulares de aquellos que comparten un interés común, sino también para fines públicos en el verdadero sentido de la palabra".
El Estado "debería tener el monopolio de la coacción necesaria para limitar la coacción misma, lo que no significa que el estado deba tener el exclusivo derecho de perseguir fines públicos. En una sociedad verdaderamente libre, los negocios públicos no se limitan a aquellos de gobierno (menos que menos a los del gobierno central), y el espíritu público no debería agotarse en el interés hacia el Estado". Y Hayek insiste: "Una de las grandes debilidades de nuestro tiempo es la falta de fe y paciencia para formar organizaciones voluntarias para los fines que se desean. Se pide inmediatamente al gobierno de hacer uso de la coacción (o que con medios obtenidos trámite la coacción) para alcanzar aquello que sea deseable a muchos.
Sin embargo, nada puede tener un efecto más negativo sobre la participación real del ciudadano que el Estado, en lugar de proveer solo el marco de referencia esencial para un crecimiento espontáneo, sea monolítico y se ocupe de todas las necesidades que pueden ser satisfechas solo a través del esfuerzo unánime de muchos.
El gran mérito del orden espontáneo, que se ocupa sólo de los medios, es haber hecho posible la existencia de numerosas comunidades voluntarias al servicio de la ciencia, de las artes, del deporte y de tantas otras cosas.
Es altamente auspicioso que en el mundo moderno estos grupos tiendan a extenderse más allá de las fronteras nacionales, y que por ejemplo, un escalador suizo pueda tener más cosas en común con un escalador japonés que con un hincha de fútbol de su país,
y que pueda pertenecer a una asociación común con el primero, completamente independiente de cualquier organización política a la cual ambos pertenezcan.
La actual tendencia de los gobiernos a tener todos los intereses comunes de vastos grupos bajo su control, tiende a destruir el verdadero espíritu público. Como resultado, un número cada vez más creciente de hombres y mujeres se está alejando de la vida pública, a la cual se le habría dedicado tantas energías en el pasado.
En el continente europeo, el excesivo interés de los gobiernos ha obstaculizado en el pasado el desarrollo de organizaciones voluntarias para fines públicos, y ha generado una tradición por la cual los esfuerzos privados eran considerados a menudo como injerencias gratuitas.
Los desarrollos modernos parecen haber generado progresivamente una situación similar también en los países anglosajones, donde otrora los esfuerzos privados para fines públicos eran una característica típica de la vida social."
Traducción: Gloria Olano
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