(Chile, 1953- España, 2003) . En su biografía inconclusa hay un Chile azul y lejano, antipoéticamente desgarrador; un México como nube gris sobre el DF o extraordinario en el desierto crepuscular; la fucsia Costa Brava de Cataluña, con un poco de luz y velocidad en los años 90. En México, Bolaño creó el movimiento infrarrealista, la más metálica licencia poética de juventud, sus señas de pasión y convicción literaria, de flujo maldito y marginal, de poeta lumpen-romántico, de lector perro-hambriento. Su poesía habría que buscarla en papeles ocultos y olvidados en los cafés del DF; habría que beberla como atole puro, como quien toma semiconsciente un líquido que todo lo quema. Con 23 años escribió el Primer Manifiesto Infrarrealista, auténtico acopio neovanguardista atemporal, levantado sobre las cenizas del tétrico período de entreguerras en Latinoamérica. Sus poemas se han recogido en libros, en revistas literarias que circularon por México, España y Francia, y en publicaciones subterráneas hasta la absoluta disolución. Narrador genial, rayo poético inagotable, publicó en 1998 la novela Los detectives salvajes y en 2004, póstumamente, sus herederos entregaron a la imprenta la magnánima 2666 , obras que lo exponen como el mayor escritor en lengua española de principios del siglo XXI. Esta selección poética, aunque mínima, está en el centro de su aluvión literario o motocicleta que recorre los caminos hasta el círculo rojo. He aquí un fragmento de su túnica de Conde, de sus vestiduras cosidas por el “Cristo de Elqui”.

 
 

Los detectives

Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura.
Oí sus gemidos, sus náuseas, la delicadeza
De sus fugas.
Soñé con dos pintores que aún no tenían
40 años cuando Colón
Descubrió América.
(Uno clásico, intemporal, el otro
Moderno siempre,
Como la mierda.)
Soñé con una huella luminosa,
La senda de las serpientes
Recorrida una y otra vez
Por detectives
Absolutamente desesperados.
Soñé con un caso difícil,
Vi los pasillos llenos de policías,
Vi los cuestionarios que nadie resuelve,
Los archivos ignominiosos,
Y luego vi al detective
Volver al lugar del crimen
Solo y tranquilo
Como en las peores pesadillas,
Lo vi sentarse en el suelo y fumar
En un dormitorio con sangre seca
Mientras las agujas del reloj
Viajaban encogidas por la noche
Interminable.

 

La griega

Vimos a una mujer morena construir el acantilado.
No más de un segundo, como alanceada por el sol. Como
Los párpados heridos del dios, el niño premeditado
De nuestra playa infinita. La griega, la griega,
Repetían las putas del Mediterráneo, la brisa
Magistral: la que se autodirige, como una falange
De estatuas de mármol, veteadas de sangre y voluntad,
Como un plan diabólico y risueño sostenido por el cielo
Y por tus ojos. Renegada de las ciudades y de la
República,
Cuando crea que todo está perdido a tus ojos me fiaré.
Cuando la derrota compasiva nos convenza de lo inútil
Que es seguir luchando, a tus ojos me fiaré.

Tomados de Los perros románticos (Poemas 1980-1998) : Acantilado, Barcelona, Primera Reimpresión, junio de 2006. (Primera edición por Lumen, 2000).

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12. Soñé que una tarde golpeaban la puerta de mi
casa. Estaba nevando. Yo no tenía estufa ni dinero.
Creo que hasta la luz me iban a cortar. ¿Y quién es-
taba al otro lado de la puerta? Enrique Lihn con
una botella de vino, un paquete de comida y un che-
que de la Universidad Desconocida.

27. Soñé que tenía quince años y que, en efecto, me
marchaba del Hemisferio Sur. Al meter en mi mo-
chila el único libro que tenía ( Trilce , de Vallejo),
éste se quemaba. Eran las siete de la tarde y yo arro-
jaba mi mochila chamuscada por la ventana.

34. Soñé que era un detective latinoamericano muy
viejo. Vivía en Nueva York y Mark Twain me con-
trataba para salvarle la vida a alguien que no tenía
rostro. Va a ser un caso condenadamente difícil, se-
ñor Twain, le decía.

40. Soñé que una tormenta de números fantasmales
era lo único que quedaba de los seres humanos tres
mil millones de años después de que la Tierra hu-
biera dejado de existir.

47. Soñé que Baudelaire hacía el amor con una som-
bra en una habitación donde se había cometido un
crimen. Pero a Baudelaire no le importaba. Siempre
es lo mismo, decía.

50. Soñé que después de la tormenta un escritor
ruso y también sus amigos franceses optaban por la
felicidad. Sin preguntar ni pedir nada. Como quien
se derrumba sin sentido sobre su alfombra favorita.

Tomados de « Un paseo por la literatura », en Tres : El Acantilado, Barcelona, Primera Edición, diciembre de 2000.