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uchos no reconocerán a este joven cuyos rasgos plasmo aquí, ni recordarán habérsele parecido en ningún momento de su vida. Es que no a todos los hombres les fue concedido ser un joven. Guardémonos de ver en la juventud un don que los dioses otorgan a todos los seres; acordémonos del colegio y de los muchachos que a los catorce años ya eran negociantes o mundanos, saturados de prudencia y de altanería, y soñaban con la amante, con el club cuya gloria esperaban acrecentar en cuanto estuvieran libres de la escuela.
Entre esos seres jóvenes existen algunos que mueren apenas nacen; si son burgueses el mundo pronto les transforma en hombres, y si pertenecen al pueblo la vida de trabajo se encarga de ellos. Los ritos del mundo, sus artificios, matan a la juventud tan positivamente como lo hace la servidumbre obrera. Los hijos del pueblo se convierten en hombres súbitamente: la juventud exige ocios que puedan consagrarse al trabajo desinteresado, a la lectura, a las conversaciones. (…)
Ante todo reconoceremos el joven en esto: la indeterminación. Es una fuerza virgen que ninguna especialidad requisa: todavía no renuncia a nada; todos los caminos le llaman. He ahí el breve espacio de tiempo en el que no estamos condenados a la inmolación de ninguna de nuestras partes, en el que Dios consiente a amarnos quizá, aunque sirvamos a dos señores –y no es mucho decir-, a innumerables señores. Es la época del libertinaje y la santidad, la época de la tristeza y la alegría, de la burla y admiración, de la ambición y el sacrificio, de la avidez, de la renuncia… ¡Cuántas mutilaciones cuesta! ¡Eso que se llama un hombre hecho! |
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