Se dice que los escritores escriben mentiras para contar la verdad. La novela de ciencia ficción lo confirma. Es un intento de denuncia o de advertencia. La fama de este género se concretó con obras magistrales que, más allá de las sociedades disparatadas que describían, tuvieron una visión muy acertada del futuro. Claro, sólo se las reconoció una vez que todo había pasado.

En 1920 Yevgueni Zamiatin (Rusia, 1884-1937) termina de escribir Nosotros (1) . Esta novela muestra cómo será el mundo si volvemos a cometer la estupidez de un enfrentamiento bélico. En la historia, después de la guerra de los 200 años, la sociedad vive recluida dentro del Muro Verde y bajo el dominio del Bienhechor, una especie de figura mítica con el status de un Dios. En esta sociedad la libertad es sinónimo de criminalidad. Los hombres sólo cuentan con unas pocas horas al día para “recrearse”. Y no les molesta. Es más, D-503, protagonista, se queja de esas horas libres. Él había leído y oído “cosas inverosímiles sobre la época en que la gente todavía vivía en libertad, es decir en un estado salvaje no organizado. (…) ¿No es absurdo que el Estado de aquella época (…) no controlase la vida sexual?”. En el fondo, Zamiatin se pregunta si el hombre es capaz de utilizar su libertad con responsabilidad. Si de verdad la merecemos. Su duda sería contestada diecinueve años más tarde.

Esta cuestión la retoma Walter M. Miller Jr. (EE.UU, 1923-1996) en 1959 con Cántico a San Leibowitz (2). Otra ficción escrita bajo el temor de un posible enfrentamiento nuclear en plena Guerra Fría. El protagonista de Fiat voluntas tua (3) , el Dómine Zerchi, reflexiona al respecto: “Todos sabemos lo que podría suceder si hubiese guerra. Quizá en el tiempo de San Leibowitz no sabían lo que ocurriría o tal vez lo sabían, pero no podían creerlo hasta probarlo…, como un niño que sabe lo que puede hacer con una pistola cargada aunque nunca antes haya apretado el gatillo. (…) Hijos míos, no pueden hacerlo de nuevo. Sólo una raza de locos podría repetir la hazaña.”.  Más allá del contexto post-apocalíptico, la advertencia es clara. El Dómine Zerchi escucha en la radio las absurdas explicaciones de porqué el Estado respondió con fuerza nuclear a un ataque. La guerra parece inevitable. Rendido, apaga la transmisión y se pregunta “cuál será la verdad.”. Y continúa en voz alta,  “¿Qué hay que creer? ¿Tiene importancia? Cuando al asesinato en masa se contesta con el asesinato en masa, (…) no sirve de mucho preguntar cuál hacha es la que está más ensangrentada.”. Ojo por ojo, todos nos quedamos ciegos.

Miller Jr. nos llamó “locos”. El checo Karel Cápek (1890 – 1948) en La guerra de las salamandras (4), presenta la misma situación, pero se pregunta si no seremos retardados. El autor-narrador piensa, mientras perdía a la ajedrez con Bellami, que “quizá nuestra historia también ha sido vivida ya alguna vez, y nosotros movemos las figuras con los mismos movimientos y alcanzando las mismas derrotas que en otros tiempos pasados.”. Deberíamos preguntarnos si es tan difícil aprender de los errores. Ninguno de los tres autores parece encontrar respuesta.
La mentira, la ficción, también se utilizó para advertir sobre el uso equivocado de la ciencia. Cápek condena que ésta se emplee para la explotación del hombre. Lo simboliza con el maltrato de los burgueses hacia las pobres salamandras. Mijail Bulgákov (Ucrania, 1891-1940) con Los huevos fatales (5) , previene sobre los riesgos del progreso científico. Con una historia disparatada muestra que se debe tener cuidado con el uso y el alcance de la ciencia. Puede ser milagrosa o catastrófica, el hombre decide. Los monjes de Leibowitz prohibían la difusión de los documentos científicos, le temían. Suficiente daño había hecho ya el progreso.

La grandeza de estas novelas también se encuentra en las soluciones que los autores plantean a estas situaciones, tan surrealistas como la sociedades que describen. Zamiatin elimina la libertad, sólo así el hombre seguirá el camino recto. Si uno debe cumplir con horarios y tareas durante todo el día, difícilmente pueda pensar en otras cosas. El protagonista de la historia confiesa que “la costumbre de este sedentarismo no se adquirió inmediatamente ni sin dificultades.”. Sin embargo, ahora “no podría imaginar la vida” sin la rigurosa “Tabla de las Leyes” (6) .
Aún sin libertad, si el hombre osara errarle al camino, existe otra solución. Como le sucede a D-503 al final de la historia: “He dejado de delirar, he dejado de hablar con absurdas metáforas, he dejado de tener sentimientos.”, confesaba complacido luego de la cirugía. “A partir de ahora expondré solamente, los hechos. Gozo de una salud espléndida. Sonrío y no puedo evitarlo, porque me han extraído una partícula del cerebro.”. Le habían quitado el alma.

La respuesta de Miller es quizá menos dramática, pero efectiva. En su alegoría, los monjes de la orden de San Leibowitz controlan y custodian los documentos científicos. Nadie puede acceder a ellos. La historia demostró que la ciencia es demasiado peligrosa para tomarla a la ligera. Sólo unos pocos monjes podían acceder a los peligrosos manuscritos. Así se escondía el conocimiento en Fiat homo (7). Pero fallarían en su intento de protección. Mil años después, el Dómine Zerchi vería como todo se volvía a repetirse.
Lo mismo sucede con el profesor Persikov en la novela de Bulgákov. El pobre trató de esconder su descubrimiento hasta conocer qué alcance podría tener. Pero el régimen lo obligó a colaborar con la patria. Cómo negarse.
El único que no propone soluciones es Carel Cápek. Es su historia no hay escapatoria. El hombre no puede seguir ileso respecto de las atrocidades que comete. El checo tuvo menor compasión que el resto.

Estas “mentiras” que propusieron, aceptadas como tales, fueron la advertencia más clara de lo que podría pasar si el hombre no cambiaba la pisada. La historia les dio la derecha a estos autores que traían predicciones “nostradámicas”. El género conserva su grandeza, y habrá que estar atento a lo que auguren nuevos escritores.

 

 

Notas
1 - Yevgueni Zamiatin, Nosotros, Prames S.A, Moscú, 1989
2 - Walter M. Miller Jr., Cántico a San Leibowitz, Bruguera, Barcelona, 1969.
3 - Hágase tu voluntad, libro tercero.
4 - Carel Cápek, La guerra de las salamandras, Bruguera, 1936.
5 - Mijail Bulgákov, Los huevos fatales.
6 - Una forma de ordenar la vida de los hombres, organizando sus tareas desde el desayuno hasta la hora irse
a la cama. “Acaba de darse la hora de irse a dormir: son las 22:30. Hasta mañana”.
7 - Hágase el hombre.

 
 
     
         
         
  Joaquín Ramos es estudiante de comunicación de la
Universidad de Montevideo, Uruguay.