El enfermo     
Edgar Allan Poe conoció la Mansión Usher. Allí fue invitado por su enfermo amigo Roderick Usher para convivir hasta que la última piedra que erigía esa casa se desmoronase y enterrase así a los hermanos de la familia. De ese trágico final fue testigo el reconocido escritor maldito, quizás exclusivamente para deber novelar sobre los últimos días en los que acompañó a su amigo en aquella maldita mansión. “Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo”.

Roderick Usher padecía una “enfermedad física aguda, de un desorden mental que le oprimía” atestigua Poe, y describía aterrado a quien en otro tiempo supo ser su compañero de estudios: “Su voz pasaba de una indecisión trémula (cuando su espíritu vital parecía en completa latencia) a esa especie de concisión enérgica, esa manera de hablar abrupta, pesada, lenta, hueca; a esa pronunciación gutural, densa, equilibrada, perfectamente modulada que puede observarse en el borracho perdido o en el opiómano incorregible durante los periodos de mayor excitación”.

Antonin Artaud es Roderick Usher. “Yo, que no tengo grandes pretensiones en la vida tengo en cambio la de creer que comprendo a Poe y la de ser yo mismo un tipo del género del señor Usher”, escribió al actor Abel Gance para autorecomendarse a la película que un año más tarde, 1928, y basándose en la obra La Caída de la Casa Usher de Edgar Allan Poe, dirigiría para el cine el director Jean Epstein. “Yo lo realizo física y psíquicamente. Por tanto, no le estoy diciendo que me ofrezco para interpretar ese papel, sino que lo reivindico”.

Antonin Artaud es el enfermo Roderick Usher. Como anecdotario se podría decir que pasó varios años de su adolescencia recluido en un psiquiátrico. Eso se podría decir, pero no bastaría. La enfermedad es la piel de Artaud: “He estado enfermo toda mi vida y no pido más que continuar estándolo”. Si Usher elige su casa como cementerio, Artaud se entierra en la enfermedad. Usher es feo por enfermo: “La tez cadavérica; los ojos, grandes, líquidos, incomparablemente luminosos”. Artaud es feo por ideología: “Pues mi ser es bello pero espantoso. Y sólo es bello porque es espantoso.”

 

El loco
“Y ustedes, locos lúcidos, enfermos de tabes, cancerosos, meningíticos crónicos, son unos incomprendidos. En ustedes existe un punto que ningún médico comprenderá jamás, y para mí es ese punto el que los salva y los vuelve augustos, puros, maravillosos: ustedes están fuera de la vida (…)”

¿Cómo no querer interpretar, a la luz de estas palabras, al enfermo de Poe? Roderick Usher suponía esa lejana lucidez, quizás únicamente posible desde la ficción literaria pero que Artaud, quizás también ingenuamente, reclamaba para sí. ¿Quién puede elegir, con tanta vehemencia, un papel secundario en una película? Sólo un loco.

La locura y la enfermedad serán su papel, a lo largo de toda su vida, a la espera de que alguna mansión de pesadas piedras decida derrumbarse sobre él. Será entonces que para muchos, Artaud haya muerto. Él seguirá pensando que no se puede morir cuando se está “fuera de la vida”.

 

El drogón
“Pero, enfermo, no significa estar dopado con opio, cocaína o morfina.”

Una muerte siempre deja un comienzo, ahí reside el verdadero dolor. Debió Poe sepultar a Roderick Usher para que años más tarde naciese Antonin Artaud, quien asumió la deuda. Artaud reconoce la enfermedad y la hace carne, su vida y su lugar. Es desde ese espacio, del lugar incorrecto, desde el “punto de vista claramente antisocial” que lanza su apología al opio.

Pero el opio es el arma, no el sujeto del crimen de Artaud. Así como lo fue Roderick Usher en su momento: un personaje que encierra algo más que un personaje, un personaje que encierra la posibilidad para Artaud de existir en la literatura de Poe, y así estar “fuera de la vida”. Del mismo modo, el opio es la defensa ante la omnipresencia de ese estado benefactor, es el lugar que elige Artaud para declamar libertad, para lanzar su amenaza a la racionalidad. El opio es el nuevo personaje que encarna Artaud. Otro rol complejo.

 “Permitamos que se pierdan los perdidos, tenemos mejores maneras de ocupar nuestro tiempo que intentar una regeneración imposible (...)”.

Este artículo en el que Artaud asume la defensa del Opio (La liquidación del Opio) fue escrito en 1925, tres años antes de la ya mencionada carta que eleva a Abel Gance para solicitar el papel de Roderick Usher en la película de Epstein. Artaud había ya asumido el controversial papel del enfermo, del loco, del drogón, cuando pide ser Roderick Usher. Artaud le escribe a Gance desde su verdad, desde el desamparo de la soledad, desde la más noble de las incomodidades, desde el alma del personaje de Poe.

¿Es posible comprender al loco cuando hacemos carne la diferencia al nombrarlo? Artaud no obtuvo su oportunidad de representar a Roderick Usher, al menos no en la película, por una simple razón: Artaud fue Roderick Usher. La representación siempre exige un otro, exige al menos no ser uno mismo. Y romper esta regla sería no ser Roderick Usher, sería no ser Antonin Artaud, sería estar dentro de la vida.

 

 
 

Por Malatesta