Escribe Ignacio Acosta

Sobre la imagen de Juan Carlos Onetti vaga el humo acre de tabaco. Así se muestra, invariablemente, en las incontables anécdotas de quienes compartieron su presencia, en fotografías, en cintas de video y trazos que lo aluden. Sus personajes, hombres y mujeres, héroes y heroínas de un mundo atribulado, moribundos de amor y desesperanza, fuman largos cigarrillos en los sitios que habitan, adictos a la noche y al estímulo inmediato de la nicotina.

Taciturno y solitario, Onetti hizo del alcohol otra de sus frecuentes compañías. Bebía para despojarse de la insoportable rutina, ablandar lunas insomnes y tolerar la ruina de pensiones lóbregas y diálogos llenos de equívocos. Lenitivo en mesas de bares (como sugiere el viejo Lanza en el relato “El infierno tan temido” -1957-), el alcohol consumido en exceso sólo fue permitido por el escritor en su mundo imaginario. Sus creaturas conocen las borracheras, el violento sentido de las copas, la desidia del cóctel, el límite de la desolación. Equilibrado en su genio, Onetti negaba el trago que inevitablemente quiebra la extrema y desafiante lucidez. Podemos hallarlo en su ritual de whisky y vino seco, jamás extraño de sí mismo.

En un texto publicado en el libro caleidoscópico Miradas sobre Onetti (1995), Homero Alsina Thevenet, compañero de pensión en Buenos Aires en 1943, escribe: "Onetti y yo corregimos íntegras las pruebas de Para esta noche, que debe haber salido sin erratas, porque en aquella tarde, por orden superior, tomé la primera píldora de Benzedrina de mi vida". No agrega nada más sobre la identidad de quien suministra el psicofármaco en el café de Lavalle y Maipú. La anfetamina —derivado químico de la efedrina— se presentaba clásicamente en la época como Benzedrina. Era indicada para tratar la depresión, el abuso de barbitúricos, la rehabilitación del alcoholismo y del uso de otras drogas. Cuatro décadas más tarde la sustancia fue sometida a estrictas normas de control, prescripción y dispensación por la Convención Internacional de Psicotrópicos.

La referencia a la píldora de efectos adrenérgicos permite agregar pastillas a la imagen de Juan Carlos Onetti y luego ser una pista para pesquisar drogas duras en su literatura. Restos de obsesivas lecturas de novelas policiales y evocaciones de asilos nocturnos, propician en su obra un tráfico subterráneo de narcóticos, adicción y consumo: moléculas textuales dispersas en la imaginación literaria.

En el segundo capítulo de La vida breve (1950), «Díaz Grey, la ciudad y el río», el protagonista Juan María Brausen sueña una ciudad en otro mundo, inventa Santa María como escenario del guión de cine que ha pactado con Stein. Entrada la noche, en su cama matrimonial acompañado de Gertrudis dormida, abandonada en brazos de Morfeo, Brausen juega con una ampolla de morfina entre sus dedos (Morfeo–ína, acción súbita y violenta). Este opiáceo, fármaco anestésico y soporífero, funciona en la trama novelesca como un enigmático líquido transparente. La ampolla entre los dedos de Brausen sugiere el uso para calmar el dolor de su mujer luego de la ablación, pero la fantasiosa traslación a estupefaciente en Santa María admite la posibilidad del uso como narcótico en Buenos Aires:

"Mientras jugaba con la ampolla creía seguir oyendo, como manchas de ruidos antiguos que hubieran quedado en los rincones del cuarto, los sonidos resueltos, casi desesperados, con sus perceptibles matices de vergüenza y odio, que ella había hecho con la cabeza resignada sobre la palangana. Había sentido crecer contra mi mano la humedad de su frente, mientras pensaba en el argumento para cine de que me había hablado Julio Stein."
           

La morfina se mantiene sobre lo incierto. Brausen imagina para el líquido «una cualidad perversa, insinuada en su color». Sobre la perversión de la morfina, la euforia y la alucinación, describe: "Estaba un poco enloquecido, jugando con la ampolla, sintiendo mi necesidad creciente de imaginar y acercarme a un borroso médico de cuarenta años". La primera imagen que desprende para habitar el universo ficticio es la de un médico de provincia que distribuye drogas: "Hay un viejo, un médico que vende morfina. Todo tiene que partir de ahí, de él. Tal vez no sea viejo, pero está cansado, seco". Este es el umbral de la creación de una extensa geografía mítica. La ciudad no acabará pese al incendio fraguado por del derrotado comisario Medina y realizado por el Colorado, adicto sectario, en Dejemos hablar al viento (1979).           

En La vida breve, Brausen concilia constantemente una progresión metonímica: él mismo se desliza a la figura del médico Díaz Grey, la convaleciente Gertrudis a Elena Sala regresando a un consultorio, la morfina anestésica a narcótico. "El médico vive en Santa María, junto al río", se dice Brausen fundando la ciudad en su nombre, inventada frente al dolor.

En la pensión de San Telmo una pared improvisada, línea inútil que intenta separar los cuerpos de los desclasados, divide la habitación que Brausen comparte con su mujer de la oscura pieza de la Queca. Más allá del tabique abundan el Chianti y la ginebra, las copas vacías. Entre una botella que refleja luces policromas y un paquete de cigarrillos deshechos, el hombre engendra los rasgos de Arce, su traje perverso, la misma noche que conoce el departamento H en ausencia de la Queca. El hombre confinado en su identidad acaba desdoblándose en otro yo. Arce, en la piel de Brausen, bebe hasta emborracharse junto a la abyecta prostituta vecina cada noche que pisa su habitación.

Reconociendo Santa María, Díaz Grey alude a la cocaína de su amigo Quinteros, corrupto y volátil, y a la morfina traficada en cajas con ampollas herméticas y recetas ilegítimas, finalmente inyectada. Dentro del mundo imaginado por Brausen, Elena Sala lleva al médico a la intensa búsqueda de Owen, inglés fugitivo, que llega al evanescente territorio huyendo de Buenos Aires. En el cuento “Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo” (1933) era presentado como un operador telegráfico incomprensible, fumador de pipa abandonado a las indicaciones precisas y polisémicas, a la dilatación de las pupilas y a las máscaras de quien en un instante puede convertirse en su antítesis.

Macleod, el dueño de un hotel en el mapa inventado por Brausen, jefe de una agencia de publicidad porteña, habla del carácter ciclotímico y excéntrico del descifrable Owen, narrando la síntesis de un mes de terapia solitaria y ausente hasta su fuga: "Anteayer estaba todavía en lo de Glaeson. Vivirá borracho con el inglés y las hijas, hasta que le vengan ganas de disparar, otra vez". Elena Sala lo cree curado del “amor por la jeringa”. Tras la pista del inglés, el médico llega junto a la mujer a la morada de un obispo que expone una teoría de la desesperación, examen de creación mayor logrado por Onetti, margen literario al pie de Kierkegaard. En este itinerario insólito, Díaz Grey conoce a Annie, la violinista, que acabará definiendo los acontecimientos de La vida breve cuando el médico, junto a Lagos y al propio Owen, trame una organización de tráfico marginal.

Brausen imaginará luego, mientras el amor y sus rostros llegan al intenso desamparo, una muerte por sobredosis de morfina para Elena, descubierta por Díaz Grey yaciendo sobre una cama rodeada de ampollas y jeringas, "filosos objetos que habían recibido de la clandestinidad". El amor, absurdo como la existencia en la literatura de Onetti, muere en el instante en que se concibe.

Prófugos de Buenos Aires luego del crimen de la Queca, Brausen y el compadrito Ernesto, llegan a Santa María y encuentran en el bar Berna —donde se beben los aperitivos y las copas secas— a Junta Larsen y a María Bonita, arquetipos de la mitología onettiana. La vida breve acabará con un estuche del violín atiborrado de las últimas ampollas de morfina en un exceso de poética narrativa alucinada, persecuciones constantes y posibles muertes del amor puro.

En los borradores de Carr, protagonista de la última novela de Onetti, Cuando ya no importe (1993), el atávico Díaz Grey recordará las drogas prescriptas consumidas por unos pocos y el final carnavalesco de la historia de la novela de 1950.

En Los adioses (1954), un enfermero transporta un maletín cargado de ampollas dentro del hotel donde se rehabilitan enfermos de tuberculosis. Sus ojos indeseables, que se sumarán a los de la mucama que también trabaja allí, tejerán la historia del protagonista de la novela como una indeseable murmuración de serranía distante narrada especulativamente por el almacenero. Inciertas y no sospechadas por quienes cuentan la vida del deportista enfermo, las drogas transitan las sierras entre jeringas y dinero, viajes y desapariciones.

Siempre es Díaz Grey, tan solitario en las páginas de los libros, quien repone las drogas duras en Santa María desde la noche que Brausen acaba conformándolo excitado por la luz de la morfina: en un pasaje de la celebrada novela El Astillero (1961), permanece impasible después de la cena entre naipes y una mezcla de fármacos que le posibilitan el sueño. La vida de Larsen y de muchos de los personajes de ese mundo detenido junto al río, se mantiene con mateína, alcohol y tabaco, bajo un cielo conjurado con el alma de los seres que desnuda desde el gris borrascoso.

Dejemos hablar al viento, la primera novela escrita en el claustro de Madrid, narra la furia en una ciudad acosada por el crimen y el silencio. Santa María está asediada por la velocidad de los autos policiales, un degollador y otros asesinos potenciales, el sexo y la cocaína, los prostíbulos luminosos, las botellas de whisky y un letrero del mercado viejo que reza «Escrito por Brausen» para suscribir la sobreimpresión literaria de esta novela epigonal. Algunos pasajes refieren a la botica de Barthé, sitio clásico, y a las inyecciones suministradas con dudosa legalidad por el farmacéutico. Díaz Grey vive entre drogas que sirve fuera de la moral de Hipócrates. Asegura el comisario Medina para celebrar alcaloides y excesos: "Ya estábamos solos en la casa cuando le di la inyección al viejo recordando —u otro recordaba apoyándose cómodo dentro de mí— los cientos de inyecciones que yo había dado a borrachos, histéricas y accidentados en el Destacamento de Santa María, mientras esperaba que llegara un nebuloso médico forense o el doctor Díaz Grey, todavía soltero, despierto a cualquier hora y preguntando siempre, sin sonreír ni detenerse".

El comisario Medina, protagonista de los episodios previos a las llamas, piensa en jeringas de adrenalina cuando recuerda a su amante Frieda en las dunas: esta es la novela que esboza la más alta y demencial violencia entre el alcohol, el arte, las mujeres y las noches lúbricas y profusas. En un pasaje comenta Díaz Grey a Medina en una mesa de bar: "Ese muchacho ya fue tres veces al baño para volver feliz según cree o siente, con los ojos brillantes. Lo veo moverse endurecido. Está borracho y además dopado". Irrumpe el polvo esnifado y sus efectos en una traza de provincia. “Usted tiene en su consultorio”, dice Medina inquietante, aparentando una búsqueda policial: “Pueden morirse todos chorreando drogas por los oídos”, piensa luego, corrupto y siempre depresivo. “Lo indispensable y tal vez menos”, contesta Díaz Grey y luego agrega: “Varios libros atrás podría haberle dicho varias cosas interesantes sobre los alcaloides. Ya no ahora.” En la recurrente reescritura de toda la obra anterior como eslabón metaliterario, el médico alude a las drogas que han cruzados otros capítulos, derivados de laboratorio en el arte de un narrador universal.

 
   

 

Cuando entonces (1987) es la novela del tráfico entre líneas: armamentos, dinero sucio, alcohol y drogas. Lamas, el periodista que investiga el cabaret Eldorado donde trabaja su amada Magda, levanta todas las sospechas sobre el movimiento de cocaína en la figura del Comandante, un militar nocturno que protagoniza junto a la delirante Monroe sanmariana esta brevísima love-story, bella y negra, dedicada a los cultores del whisky en sus ligeras variantes. Todos ocultan los gramos de la noche, mientras un jazzero Negro Simons mezcla alcohol con un toque místico en el bar “No Name” de calle Corrientes. Sobre este mapa están dibujadas Montevideo, Buenos Aires, Lavanda, Santa María, El Rosario, siempre con límites imprecisos, soñados, alguna vez recorridos.

En algunos de los últimos relatos recogidos en Cuentos completos (1994), se escriben experiencias trágicas con drogas naturales y de farmacia. En “Luna llena” (1983) la mezcla deliberada de somníferos y jerez tomado de una botella, lleva a una mujer arruinada a una borrachera barbitúrica que acaba en una sobredosis como un sueño sin regreso, sedación que disuelve la existencia. “Montaigne” (1986) está marcado por el regreso de Brausen, dios de la cosmogonía onettiana, y por el suicidio del rico y patético Charlie intoxicado con whisky y fármacos al final de la noche. Quizá sea “El mercado” (1982) el cuento más misterioso y alucinado, “intocable absurdo”, condensado en los pétalos de la amapola, símbolo pretérito, mítico.

En Cuando ya no importe las fronteras no existen. Segmentada por una resignada memoria, Santamaría se extiende y se repliega, cerca y lejos de Monte, del Río Negro, de América del Sur y de toda cartografía. Sólo existen los apuntes de los días de Carr, la agenda que escribe en tiempo muerto. Llegan botellas de cognac del contrabando en camiones y en los bares se dibuja la “cortina indecisa” de marihuana delante del rostro de una mujer. El mancebo que reemplazó a Barthé en la botica provee a Jose de drogas en papelina hasta que Díaz Grey, a punto de morir bajo reflejos fosforescentes, se encarga del caso. Escribe Carr: "Seguí bebiendo aquello que Autoridá llamaba whisky y que, aparte de quemar la garganta, alguna paz de adormidera daba". De las cápsulas del fruto de la adormidera se extrae el opio, luego refinado en sustancias sintetizadas como la morfina: Carr insinúa conocer los efectos narcóticos y en esta línea regresa a aquel Brausen eufórico que entrevé el aire de Santa María en una pensión porteña, con una sugestiva ampolla que hace girar entre sus dedos, lumínica, íntima, dudosa, indecible.