Mucho se ha hablado, y aún se habla, del terrorífico genio Edgar Allan Poe; de su vida, de sus obras, de su desgracia, de sus costumbres malsanas.

El poeta francés Charles Baudelaire, admiró profundamente a Poe y quizás, como una forma de tributo, tradujo alguna de sus obras. En el prólogo que escribe para su traducción de “Narraciones Extraordinarias” deja en claro la naturaleza innata del genio y del infortunio del escritor norteamericano. “En estos últimos tiempos –escribe- compareció ante nuestros tribunales un desdichado cuya frente estaba marcada por un raro y singular tatuaje. ¡Desafortunado!”.

Parece ser que la desgracia fue un aspecto constitutivo de la vida de Poe y de sus obras. Una infancia marcada por la muerte de sus padres y una juventud signada por los conflictos con su padrastro, hicieron del escritor un alma con tintes grises. La amenaza, la angustia y el mal son sombras permanentes en su realidad y en su ficción; ambas entremezcladas y en permanente puja. Así como su realidad se alimentó de su historia, sus ficciones se alimentaron de sueños. Sueños que, según él mismo describe en uno de sus relatos, eran su única verdad y su entera existencia. Escribe en “Berenice”: “Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en la materia de mi existencia sino realmente en mi sola y completa existencia.”

A su vez, en el poema “Lenore“, también reflexiona entorno a los sueños y a los soñadores. “Los que sueñan de día – escribe- están al corriente de mil cosas que escapan a los que sólo sueñan de noche. En sus grises visiones gozan de percepciones sobre la eternidad y se estremecen, al despertar, a la idea de que han estado al borde del gran secreto”

 
 


Hay quienes se inclinan a pensar que los sueños y visiones del escritor llegaban, no sólo gracias a una gran sensibilidad y una amplia cultura, sino que venían de la mano del alcohol e incluso del opio. Sabido es que la bebida fue siempre una fiel compañera, quizás la única que le siguió hasta el fin de su penosa vida. Sin embargo, su afición al láudano no resulta tan certera. Cierto es que en varias de sus obras el negro veneno se hace presente; en “Ligeia”, las referencias al opio son reiteradas. Allí, el narrador, que no significa el autor, reconoce su adicción al opio con estas palabras. “... pues soy un esclavo atado al yugo del opio, un prisionero que lleva sus ataduras, y mis obras, como mis voluntades, han tomado los fantásticos colores de mis sueños…”

   
 


También en “La caída de la casa Usher” esta droga se hace presente cuando escribe: “Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo.”

Las pruebas contundentes no existen. Si Poe consumía opio o no, no se sabe. Tampoco importa demasiado. Lo cierto es que era, por encima de todo, un amante de los sueños. Y su espíritu soñador se nutrió con lo que tuvo a su alcance, su historia, su pobreza, su soledad, su botella.

Nació, como dijo Baudelaire, “con las palabras `mala suerte´ escritas en caracteres misteriosos sobre las arrugas sinuosas de su frente”, y murió preso de esa misma desgracia con la que llegó al mundo. La noche del 3 de octubre de 1849 Edgar Allan Poe entró en un bar de Baltimore. Esa misma noche fue encontrado en la calle, tirado, en estado crítico. Cuatro días después moría “a solas, en su particular infierno en vida, entregado definitivamente a sus visiones. (2)

 

 
  Notas:
1-  Baudelaire, Charles. Prólogo a su traducción de “Narraciones Extraordinarias”
2- De acuerdo a la siguiente fuente, la frase pertenece a Julio Cortázar. http://www.liceus.com/cgi-bin/aco/lit/02/11110.asp
3- Prefacio de EUREKA
 
     
 
Por María Juana