“Puesto que lo artístico se refiere primariamente al acto de producción y estético al de la percepción y el goce, es lamentable la ausencia de un término que designe los dos procesos conjuntamente. (...) Para ser verdaderamente artística, una obra tiene que ser estética, es decir, hecha para ser gozada en la percepción receptiva.” John Dewey |
Me interesa plantear aquí algunas ideas primarias acerca de la experiencia en relación al arte, que tienen que ver con la percepción de la obra de arte pero también con las producciones humanas que concentran, fundamentalmente, elementos de valor estético. Me atrevería a decir, como hipótesis inicial, que esas producciones no tienen un valor en sí mismas sino de carácter relacional en el marco de la vida cotidiana de las personas, individualmente y en su actuación colectiva. Y por consiguiente, segunda hipótesis, cualquier persona puede tener o, mejor, tiene experiencias estéticas más allá de lo que “entienda” de arte. En general, ese “entender de arte” tiene que ver mucho más con conocimientos acerca del contexto, forma y condiciones de producción de la obra de arte; sus características formales y de composición, que con la experiencia estética que la obra genera en quien se pone en contacto, de alguna manera, con ella. Por esto, “que quiso decir el artista” quizás no sea más importante que aquello que nos sucede en relación con la obra, es decir que nos pasa a nosotros con respecto a ella. Y, además, en que mejora nuestra vida y con cuales de nuestros propósitos se relaciona. De acuerdo a Rorty: “La última etapa del progreso del pragmatista llega cuando se empiezan a ver las peripecias anteriores no como etapas del ascenso a la Iluminación, sino sencillamente como los resultados contingentes de encuentros con diversos libros que han caído en las propias manos (...) Si el pragmatista logra escapar a tales ensoñaciones, acabará pensando en sí mismo, al igual que en todo lo demás, como capaz de permitir tantas descripciones como propósitos posibles. (...)Esta es la etapa en que todas las descripciones (incluida su autodescripción en tanto pragmatista) se evalúan de acuerdo a su eficacia como instrumentos para propósitos, más que por su fidelidad con el objeto descrito.” (1) Esto no hace perder el valor de la obra de arte sino más bien que la coloca en el contexto de nuestra cotidianidad y en diálogo con nuestras propias vidas, nuestras de cada uno y nuestras de todos. En términos del pensamiento pragmatista de Dewey, se produce una continuidad entre la experiencia y la vida de la que no vemos porqué el arte debería separarse. Para Dewey “Las obras de arte no alejadas de la vida común, ampliamente gozadas por la comunidad, son signos de una vida colectiva unificada. Pero son también una ayuda maravillosa para la creación de esa vida. (...) el grado en que el arte ejercita su oficio es también una reelaboración de la experiencia de la comunidad...” (2) Me parece de un valor principal esta aseveración como soporte del enfoque de la educación artística inseparablemente ligada a la vida común: “Es, pues, mera coincidencia la que conduce a suponer que la conexión del arte y la percepción estética con la experiencia, significa un descenso de su significación y dignidad. La experiencia, en el grado en que es experiencia es vitalidad elevada...es el arte en germen. Aún en sus formas rudimentarias, contiene la promesa de esa percepción deliciosa que es la experiencia estética.” (3) La delimitación del arte defendida por Dewey podría ser objetada parcialmente en el sentido de la diferenciación entre “arte por destino” y “arte por metamorfosis” (4) -tal como plantea Maquet- pero esto no tendría importancia a la hora de ver la experiencia estética formando parte de la vida cotidiana. Siguiendo a Errandonea: “El arte, desmontado de su destino señorial como lo había sido por el Renacimiento de su destino ultramundano, ha de asaltar todo el instrumental – en sentido amplio- de la moderna vida cotidiana. Ha de instalarse en la vida diaria del hombre común.” (5) Para que esto ocurra, la experiencia estética tiene la posibilidad de trascender la comunicación, es más que la decodificación de intenciones y mensajes de otros; no puede equipararse a la concurrencia de distintos individuos por el dominio de un lenguaje común. Con gran claridad expone este punto Gombrich calificando como “ingenua idea” la pretensión de hablar de arte en un sentido de comunicación como si “las mismas emociones que dan origen a la obra de arte se transmiten al espectador que a su vez las siente.” (6) Para comprender la idea de la experiencia estética que pretendo mostrar, debemos tener en cuenta que el artista pondrá una intención, un sentimiento, una necesidad de expresión no siempre coincidente con la intención, el sentimiento y la necesidad expresivas del espectador; sin perjuicio de estar unidos por la relación, diversa, con la obra. Es en este punto donde la experiencia estética no puede restringirse al código comunicacional. Aunque Maquet diferencia entre experiencias estéticas y otras, es interesante su afirmación: “Entre aquellos que diseñan y dan forma a los objetos estéticos y aquellos que contemplan estas obras no hay comunicación a través del mensaje. Hay comunión a través de las experiencias. ¿Qué intenta decir el artista? No es la pregunta correcta. La pregunta correcta es: ¿Qué experiencia quiere expresar y dar forma el artista? (7)
Claro que un tipo de planteo como el que realizamos podría objetarse para el arte desde la postura que formula Eco, referida a la obra en sí, contenida en la afirmación de que “cabría objetar que la única alternativa a una teoría interpretativa radical orientada hacia el lector es propugnada por quienes afirman que la única interpretación válida apunta a encontrar la intención original del autor. En algunos de mis escritos recientes he indicado que entre la intención del autor y la intención del intérprete (...) existe una tercera posibilidad. Existe una intención del texto.” (8) Pero, justamente, este es uno de los extremos que cuestiona Rorty: “Para nosotros los pragmatistas, la noción de que hay algo de lo que un texto trata realmente, algo que la rigurosa aplicación de un método revelará, es tan mala como la idea aristotélica de que hay algo que una sustancia es real e intrínsecamente, en oposición a aquella que solo es aparente, accidental o relacionalmente” (9). Sin embargo, aún las consecuencias formales de la producción artística respecto a un lenguaje o una técnica, -“está claro que el artista no puede plasmar más de lo que su herramienta y su medio son capaces de representar. Su técnica le restringe la libertad de elección. Los rasgos y relaciones que el lápiz recoja diferirán de los que el pincel puede indicar” (10)- no pueden aislarse, en términos de la producción de experiencias estéticas, de la posición de quienes las disfrutamos. Parte de esta afirmación puede pensarse desde Rorty: “(una distinción entre meterse dentro del texto y relacionar el texto con otra cosa) Esta es exactamente la clase de distinción que los antiesencialistas como yo deploramos: una distinción entre dentro y fuera, entre las características no relacionales y relacionales de algo. Porque en nuestra opinión no existe algo así como una propiedad intrínseca y no relacional.” (11) En la continuidad e interacción como condiciones de experiencia que propone Dewey, está justamente la denominación del sujeto en situación, traducido por las condiciones subjetivas del individuo puestas en relación con su entorno material, social y simbólico. Por esto, la experiencia estética no puede aislarse de las propias condiciones del sujeto y, consecuentemente, la obra no tiene un sentido en sí, como sentido verdadero al que debemos aproximarnos. La postura pragmatista, opuesta a la estética análitica tal como plantea Schusterman, tiene como eje aquello que lúcidamente plantea Dewey “La obra de arte solo es completa si opera en la experiencia de otros que son distintos a los que la han creado. (...) Aún cuando el artista trabaje en soledad, están presentes los tres términos.” (12) Y, aún más allá, la importancia de la experiencia estética está en las consecuencias activas del sujeto a partir de que “los significados atraídos, reunidos e integrados imaginativamente, se incorporan en la existencia material que aquí y ahora interacciona con el yo. La obra de arte es así un reto a ejecutar un acto de evocación y organización mediante la imaginación del que la experimenta. No es nada más un estímulo y un medio para un curso franco de acción.” (13) Esto no es menor si pensamos cómo se modifica la ubicación del observador como sujeto activo fundamental en esa experiencia, en el doble sentido de romper con la inmovilidad de quien se mantiene contemplativamente fuera de la relación con la obra y de quien se modifica interna e individualmente desde esa contemplación. Por el contrario, entiendo que la experiencia estética es principal para promover un compromiso con las diversas posibilidades de ser del arte y con sus consecuencias de acción vital. La experiencia estética genera conocimiento, nos relaciona con el mundo, nos provoca miradas múltiples sobre éste, nos conduce a actuar y, así, se implican en el caso del arte: creador – obra – espectador. Esta generación de conocimiento también se relaciona con los aspectos emocionales, “Los griegos decían que el asombro es el principio del conocimiento, y si dejamos de asombrarnos corremos el riesgo de dejar de conocer.” (14) La racionalidad, que parece dominarnos como modalidad de aproximación al mundo, como forma predominante de conocimiento deja su lugar de privilegio, desde la perspectiva de la experiencia estética, a otras formas de acercamiento a nuestro entorno. La educación que privilegia esta racionalidad ha de ser debatida con los argumentos de la integralidad del conocimiento humano no desprovisto de lo emocional como elemento constitutivo. Producción artística y vida cotidiana han de conjugarse desde lo educativo en su carácter relacional y desde una perspectiva que no privilegie una forma de conocer sobre otra. “La naturaleza íntima de la emoción se manifiesta en la experiencia de asistir a una representación en el teatro o leer una novela. Se asiste al desarrollo de un argumento, y el argumento requiere un escenario, un espacio donde desarrollarse y un tiempo para desplegarse. La experiencia es emocional, pero no hay en ella cosas separadas llamadas emociones.” (15) Quizás debamos dar esta oportunidad también al debate de la educación artística. Después de todo nadie dijo que una buena clase no pueda ser parte de una experiencia estética. |
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Notas |
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Fernando Miranda Somma ( Montevideo, 18.1.68 ) |
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