Cuando una vez le pidieron a Einstein que definiera la religión respondió con esta alegoría:
No soy ateísta y no creo poder llamarme a mí mismo panteísta. Estamos en la posición de un niño que entra en una gran biblioteca llena de libros en diversas lenguas. Este niño sabe que alguien ha de haber escrito esos libros. No sabe cómo. No comprende las lenguas en que han sido escritos. El niño sospecha que existe un orden misterioso en la disposición de los libros pero no sabe exactamente cual es. Esa, me parece, es la actitud de incluso los más inteligentes seres humanos hacia Dios. Vemos el universo maravillosamente dispuesto y obedeciendo ciertas leyes, pero muy parcialmente comprendemos esas leyes. Nuestras mentes limitadas no alcanzan a entender la fuerza misteriosa que mueve las constelaciones.
En la hoja 48
del libro "Einstein y la religión:
Física y Teología" de Max Jammer
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