CONOCIMIENTO, DROGAS, INSPIRACIÓN


En su libro “Corriente Alterna”, editado en 1988, el mexicano Octavio Paz dedica algunas reflexiones al tema de las drogas. En el capítulo titulado “Conocimiento, Drogas, Inspiración”, el escritor reflexiona en torno a la relación poesía y drogas. Introduce el tema de la poesía moderna y explica por qué, desde su punto de vista, tiene ésta una gran similitud con la ciencia. La explicación parte de que ambas son experimentos, “pruebas de laboratorio”. En los dos casos se trata de provocar un fenómeno mediante la separación o combinación de ciertos elementos. De la misma forma que el científico procede con las células o los átomo, el poeta lo hace con las palabras; las arranca de su medio natural, las aísla, las combina, las separa y observa los resultados de este lenguaje manipulado, tal como el hombre de ciencia observa los resultados de la materia.

Pero una diferencia sustancial separa a ambos “investigadores” y es el hecho de que el científico es un observador, en tanto que el poeta es el propio sujeto de la experiencia. El primero, en teoría, no participa de la experiencia, el segundo, en cambio, es parte fundamental en ella. Todo su ser se pone en juego, su interior, su psiquis, él es el campo donde se producen las trasformaciones. “La poesía modera –dice Paz- es un conocimiento experimental del sujeto mismo que conoce. Ver con los oídos, sentir con el pensamiento, combinar y usar hasta el límite nuestros poderes para conocer un poco más de nosotros mismos y descubrir realidades incógnitas”. (p. 80)

 

 

La poesía moderna deja de ser la servidora de la realidad para dedicarse a explorar el universo por cuenta propia. Por tal motivo, no debe llamar la atención el hecho de que el “boom” de la poesía moderna coincida con la aparición de las drogas como “donadoras de la visión poética”.

Era una musa divina, proveniente del exterior, quien inspiraba a poetas como Virgilio, Homero, Dante y Góngora. En cambio, la inspiración de los poetas modernos proviene de su propio interior y son las drogas quienes ayudan a penetrar más profundamente en sí mismos, quienes abren las puertas, no de otro mundo, sino de su propio mundo interior. De esta forma, fue que la musa inspiradora cedió el lugar al láudano, al opio y al haschish.

Y aunque Coleridge y De Quincey inauguraron este camino, fue Baudelaire quien sostuvo la idea de “extraer una estética y una filosofía de su experiencia” con las drogas. Fue él, uno de los primeros en inclinarse con “ánimo filosófico” sobre el fenómeno espiritual de las drogas. Escribe Paz: “Baudelaire afirma que ciertas drogas intensifican de tal modo nuestras sensaciones y las combinan de tal suerte que nos permiten contemplar la vida en su totalidad. La droga provoca la visión de la correspondencia universal, suscita la analogía, pone en movimiento a los objetos, hace del mundo un vasto poema hecho de ritmos y rimas. La droga arranca al paciente de la realidad cotidiana, enmaraña nuestra percepción, altera las sensaciones y, en fin, pone en entredicho al universo”. (p. 82)


EL BANQUETE Y EL ERMITAÑO

En este capítulo, Octavio Paz parte una interesante hipótesis. Propone la idea de que el uso cada vez más generalizado de drogas (especialmente las alucinógenas), marca un cambio de rumbo en la sensibilidad contemporánea. Como premisa básica plantea la oposición entre alcohol y drogas: el primero empuja al individuo hacia fuera, las segundas lo retraen. El alcohol supervalora el lenguaje, las drogas el silencio. La oposición entre ambas sustancias, es la oposición entre palabra y silencio, conversación y ensimismamiento, comunión y contemplación. En definitiva, lo que hace la diferencia entre una y otra, es la forma de comunicación que deja plasmada.

El vino, que en la cultura Occidental ha tenido siempre un papel central en ritos y ceremonias por ser símbolo de reunión y comunión “con los otros y con lo Otro”, promueve la comunicación. Pero en realidad, más que promoverla, la parodia. La bebida caricaturiza la comunicación en el sentido de que la estimula más y más hasta que finalmente la destruye. “Es comunicación malograda: empieza por ser una exageración y acaba en una degradación.” (p. 108)

Por su lado, las drogas alucinógenas, en lugar de exagerar ese valor tradicional que es la comunicación, lo niegan. En su lugar promueven algo ajeno a nuestra tradición, más cerca quizás de la actitud ascética que caracteriza a la cultura Oriental, en la que predominan el silencio y la contemplación. “El asceta – escribe Paz - desprecia las convenciones mundanas, es insensible a las ideas de progreso y provecho, juzga que las ganancias materiales son pérdidas, ve en la normalidad del hombre común y corriente una verdadera anomalía espiritual y, en fin, condena por igual a los deberes y a los placeres de este mundo”. (p. 104) De la misma forma, aquellos que consumen este tipo de drogas de alguna manera cuestionan la consistencia de “esta” realidad y niegan este mundo. Una negación comienza cuando se ingresa en ese “otro mundo” en el que no rigen las mismas leyes morales ni materiales. El ingresar a esa “otra realidad” exige la abolición de “esta realidad”, lo cual implica la crítica y el rechazo de los valores de este mundo.

 

¿Y por qué se produce este viraje de sensibilidad cada vez más evidenciado, tanto por el uso de sustancias alucinógenas como por el interés popular en el budismo y otras religiones orientales? La respuesta que propone Paz no resulta para nada despreciable. Su tesis plantea que en un mundo como el nuestro, dominado por los medios de comunicación, las palabras han perdido su significación, son signos huecos que no dicen nada. Y si la palabra ha perdido su sentido, ¿cómo no buscar el sentido en el silencio?
 

 

Como recuerda el escritor mexicano, tres grandes pensadores contemporáneos como lo fueron Wittgenstein, Lévi-Strauss y Heidegger, tuvieron algo en común que fue una preocupación central en el lenguaje. Y los tres llegaron a la conclusión análoga de que “toda palabra se resuelve en el silencio”. ( p. 110) Un silencio que no es más que la búsqueda de una nueva significación. Porque la destrucción del significado, la destrucción de la comunicación, no es más que la construcción de un nuevo significado y una nueva forma de comunicación. La no-comunicación es una forma más de comunicación y el no-significado una forma más de significación.

 
 

 

 
 
PAZ, Octavio. Corriente Alterna, Siglo XXI Editores, México, 1967.
 
 
Por María Juana