Mis queridos amigos Anna y Jurdis,

El pasado Noviembre, cuando estuvimos juntos nuevamente en Riga, me preguntaron cómo un viejo Europeo, y para hacer las cosas más dramáticas, un Europeo de nacimiento, un afianzado intelectual Europeo como yo, podía haber llegado a establecerse en los Estados Unidos, sin obviamente una necesidad, obligación o queja. Para ser honesto, odié tanto esa pregunta que casi transformó, por primera vez, mi mirada con respecto a Uds. en malos sentimientos. ¿Por qué los intelectuales europeos se vuelven tan terriblemente localistas? ¿Por qué ellos constantemente reclaman que su pequeño, viejo, cargado de conflictos, y largamente estéril continente continúa siendo el centro del universo? ¿Son únicamente llevados por el resentimiento? ¿Y no es obvio que la siempre única y levemente feliz Unión Europea ha nacido del pecado original de un complejo de inferioridad más largo que el espacio entre el Atlántico y las Montañas Ural?

Personalmente, estoy a favor de que este es (y fue) exactamente el caso, tan a favor de hecho, que encuentro aburrido y sin provecho el entrar a un debate intercontinental de calidad. La única cosa que me hace a veces debatir en esto es el bien-intencionado proyecto de contarles e intentar convencerlos de cuán bueno es Estados Unidos realmente. Después de todo, no soy un agente turístico. Pero ¿qué les parece confesar lo que ciertamente no me gusta sobre California (donde, por cierto, he estado viviendo en base permanente por diecisiete años, más que en cualquier otro lugar en mi vida- por lo que, bien o mal, debo de hecho llamar a California "mi casa")? Si para manejarnos conjuntamente entendemos que todos nos sentimos como en casa donde, de alguna manera, amamos incluso aquello que realmente odiamos - entonces ustedes deben finalmente ser capaces de aceptar mi cuestionamiento de que debo (y deberé) vivir aquí hasta mi muerte, de la misma forma que doy por garantizado de que nadie podría alguna vez mover a uno (o ambos) de ustedes fuera de su hermoso apartamento de Riga si no tiene, por usar una expresión norteamericana, "un pie arriba".

He aquí entonces lo que más detesto sobre la desarrollada California del Norte (y me temo que concierne a la Bahía de San Francisco mucho más intensamente que a la calurosa, y con más "sabor" Latino, parte del Sur de mi Estado, cerca de Los Angeles y San Diego). Cada noche camino desde mi hermosa oficina desde el Campus de Stanford, el que conocen por algunas fotos, al estacionamiento. Es una caminata de unas cuatrocientas yardas, casi imperceptiblemente cuesta arriba. En la mayoría de los días estoy apurado porque me gusta llegar temprano a casa para la hora de la cena, y voy normalmente pensando, entre muchas cosas, sobre las tareas que debí pero no logré terminar durante las previas diez u once horas. Ciertas veces también recuerdo el éxito o fracaso de un seminario que dicté, y en el mejor de los casos trabajo en mi mente algún concepto o alguna oración que puede navegar en el texto que escribiré más tarde a la noche. Nada especial, pero yo no sonrío ostentosamente cuando voy caminando hacia mi auto, y muchas veces ni siquiera miro las caras familiares de alguna gente que se cruza en mi camino. Quizás me veo "serio". Esta debe ser la razón, me temo, de que una o dos veces por semana, una de esas caras potencialmente familiares comienza a hablarme: "you ok?" En la realidad hablada de esta elocución, el verbo auxiliar "are" (de "are you ok?") ha, de hecho, desaparecido- lo que transporta una cualidad de emergencia hacia él. Pero Uds. me preguntaron qué significaban las restantes dos palabras, y me temo que algunos de esos que me ven caminando hacia mi auto imaginan que he caído en una profunda depresión clínica (o algo peor)- sólo porque me veo serio o concentrado. Para ser más preciso: no sé realmente con seguridad si ellos realmente creen eso. Pero ciertamente ellos quieren creer que pueden diagnosticar algún desorden psiquiátrico en mi cara porque, si pudieran, esto les daría a ellos el rol de terapéutas o, al menos, el de un enfermero. En mis primeros años en California, simplemente no entendía tales situaciones, y entonces a veces les respondía y les preguntaba por qué la gente estaba haciéndome tales cuestiones- a lo que su reacción sólo puede ser tomada como una confirmación preliminar de la hipótesis inicial del terapeuta, logrando enredarme, casi regularmente, en largas conversaciones que debía cortar bruscamente usando, lo que en mi mundo californiano se le llama, la violencia verbal. Hubises dicho cosas como "métete en tus propios problemas", o "yo puedo cuidarme bien de mi mismo", y me hubiese ido caminando -a veces desamparadamente intentando mostrar mi desprecio- de la escena del tan infeliz encuentro.

¿Pero por qué los encuentro tan insoportablemente desagradables? ¿No muestra esa gente su mejor intención hacia mi? ¿No cuenta que, al fin y al cabo, ninguno de ellos ha tratado realmente en la sala del hospital psiquiátrico de Stanford? Supongo que lo que últimamente me molesta es el pesadillezco potencial de una sociedad donde cada persona preparada (y "estar preparado" comienza con la lectura de revistas de autoayuda) quiere llevar adelante un rol de enfermero. Como nadie se mantiene completamente desafectado por nuestra potente cultura de la auto-ayuda, todos terminan convirtiéndose en enfermeros cuya condición, lógicamente, produce una extrema escasez de potenciales pacientes. Esto, caí en la cuenta, cambiará para siempre mi caminata nocturna hacia el auto en un potencial caso para enfermeros vocacionales. El problema me recuerda al bellísimo film de Fellini "Ginger y Fred" donde, en cierto punto, todos son invitados al estudio de TV para un programa de Navidad. Por la más pura lógica matemática, una vez más, nadie queda para ver el programa, el cual, necesariamente, se convierte en una colectiva desilusión para esas potenciales estrellas de la TV.

Como el grado del grotesco implicado puede ser duro de comprender para quienes están fuera de California, mis queridos amigos, les daré otro ejemplo. Como saben, estoy transcurriendo este año académico (año sabático) en un centro de investigación de apariencia bucólica donde, como profesor de literatura, soy la "oveja negra" (o la oveja blanca) rodeado por un grupo de cuarentones científicos sociales. Durante las primeras semanas de mi estadía aquí, tuve la noticia de que mi padre había muerto, a la edad de ochenta y seis años, luego de lo que él consideró haber sido una "vida completamente llena", y justo antes de llegar a padecer el último sufrimiento físico de una condición de distrofia muscular. Yo estaba, más allá de todo, feliz por mi padre, y le dije al director del Centro que volaría a Alemania tan solo por una semana para estar en el funeral. En mi regreso a California, encontré dos cartas de condolencias, una del Staff del Centro y otra de todos mis colegas, sobre el escritorio de mi estudio. Estas tarjetas resultaron ser la verdadera hiperbólica versión (escrita) del mismo síndrome del enfermero. En unos cincuenta y seis mensajes (muchos de ellos realmente largos) no existía la más mínima posibilidad de pensar que, quizás, la muerte de mi padre pudo no haber sido el más inquietante y de hecho "trágico" evento en mis cincuenta y seis años de vida. Muchos de los admiradores, sin sorprenderme, ofrecieron su ayuda y expresaron su optimismo bien intencionado recordando la fuerza de mi carácter: "Tu dolor debe estar más allá de lo que las palabras pueden expresar. Estoy contigo en mis pensamientos y oraciones, querido amigo. Y sé que, si hay alguien que puede superar este desafío, tu tienes la valentía y la sabiduría para hacerlo". Ahora, imaginen lo que sería del mundo si estar apto para superar la muerte de un padre anciano fuera de hecho tal excepción. Pero como había aprendido mi Lección de Enfermería californiana, amablemente agradecí a todos por sus "consideración" (otro concepto animal para este mundo) y traté de verme lo más perturbado y conmovido que pude durante nuestros almuerzos diarios. Esto pareció satisfacer los no tan secretos deseos y expectativas de la comunidad de enfermeros, y debió haberme otorgado el derecho a la amable y repetida frase, en nuestro reciente comienzo de fiestas de fin de año, de que si estaba bien el recordarme, luego de tan solo cuatro meses, que la vida debía seguir, después de todo, y que seguramente deberían haber quedado momentos especiales reservados para mi. Y aún no he comenzado a contar las invitaciones que recibí, individualmente y con mi familia, para acompañar a mis colegas a conciertos, servicios religiosos y cenas en sus hogares.

Recién ahora, mis queridos Anna y Jurdis, habrán comenzado a reconocer de lo que les estoy hablando. Pero como dije al principio, no es mi intención el confirmar su prejuicio Anti-Americano. Entonces déjenme decir que hay un brillante y bello contraste entre la insoportable liviandad del complejo de enfermero y la lúcida aspereza del entorno natural desde el cual, extrañamente de alguna forma, debió haber emanado. Cuando decidí dejar Alemania, estaba seguro que una de las cosas que siempre iría a extrañar serían esos días de Noviembre románticamente nublados y casi sombríos. Pero ahora, cada vez que estoy viajando en Europa por tan solo unos días, lo que realmente estoy deseando es la extrema, y hasta a veces dolorosa, luminosidad del cielo californiano en mis días de mi California. Mi deseo por esta luminosidad bordea la adicción (¡pero no hay enfermeros europeos a la vista para ayudarme!). Otra imagen que se ha vuelto hogar para mi es la salvaje Costa del Pacífico la cual está lo suficientemente cerca de mi casa como para viajes regulares de fin de semana. Las playas de California del Norte no son para nadar. El agua es muy fría, las olas muy altas y en muchos lugares el mar está repleto de esos tiburones mercenarios. He logrado amar esos árboles que raramente sobreviven detrás de las playas y cuyas formas hacen visible dónde está soplando la brisa. No puedo imaginar una experiencia mejor que la del atardecer, tomando una botella de un tibio vino tinto, con la espalda sobre las dunas y la cara sobre un viento que viene del Japón.

Viene aquí, entonces, mi tercera y final historia de enfermeros -la historia que he escogido para terminar mi carta porque es un poco más filosa que las versiones previas. Uno de los vecinos del condominio donde estoy viviendo con mi familia, es un científico reconocido mundialmente (de hecho tan claramente "reconocido mundialmente" que arriesgaría descubrir su identidad si les dijera algo más sobre el campo de investigación en el que se destaca). Hace un año atrás, su hijo estaba tomando lecciones de manejo, y esto ocurría en California, sintomáticamente quizás, con los padres del joven conductor haciendo el papel de instructores de manejo. Entonces una noche, en mi corto regreso a casa, me encontré detrás de un auto que aminoraba progresivamente mientras iba cuesta arriba en la colina, como le sucede a los corredores que han alcanzado cierta edad. Como esta parte del camino a mi casa es de una sola vía, correctamente y competentemente pasé el lento auto delante mío -sólo para descubrir (¡demasiado tarde!) que a quien había pasado era al hijo de mi vecino tomando lecciones junto a su padre. Para ese entonces estaba consternado pero, siendo honesto, no tan sorprendido como cuando, al otro día, recibí un e-mail en el cual el vecino y paternalista instructor me acusaba, verbalmente, de "manejo imprudente y grosero ", dibujando toda clase de alejadas y apresuradas conclusiones morales y amenazando reportar a la policía tal exceso si volviera a ocurrir nuevamente. Lo suficientemente naive, le respondí sin ninguna demora, dándole tanto una profusa como profunda disculpa por lo que irónicamente me atribuí y con buen corazón clasifiqué como mi "estilo europeo de Fórmula Uno de una sola vía". La respuesta a esta respuesta apareció en mi pantalla en un minuto. Evitando alguna modificación en su duro tono, mi vecino explicaba que el manejo de Fórmula Uno era sólo para circuitos de carrera (¡y no para el tráfico regular en barrios residenciales!), y me incitó a que busque en su advertencia y su conversación si, como parecía, tenía problemas serios en comprender la posición correcta.

Nuevamente allí estaba. El tono aleccionador y de autorectitud (¿hay alguna duda de que el horrible concepto de lo "políticamente correcto" fue inventado en Bay Area? - por una posible lectura de la filosofía de Martin Heidegger, ¡nada menos!); el tono de la autorectitud que raramente había cubierto el extremado enojo y la obvia agresividad de mi vecino, y que se había transformado en el proceso en una oferta en sí misma de una relación de "enfermero". ¿Pueden realmente figurarse esa escena de la que hablo? ¿Pueden imaginar que, a la noche siguiente y lleno de arrepentimiento, hubiese llamado a la puerta de mi vecino para pedirle que me introduzca en los principios del correcto manejo y sus bases éticas? Una vez más, no estoy seguro si mi eminente vecino pensó que alguna vez podría realmente aceptar su generosa oferta. Lo que sí sé, sin embargo, es que la persona que puede reclamar ser la víctima (como lo hizo mi vecino) y arreglárselas para transformar semejante posición de victimario en una magnánima invitación a terapia, será quien gane cada contienda por la correcta interacción social en California del Norte.

Probablemente me quieran preguntar, mis queridos amigos, por qué es esto así - y la verdad es que no tengo una buena respuesta. Por supuesto, visto desde un ángulo histórico, los Estados Unidos es la "ciudad fundada en la cima", bajo y sobre premisas Iluministas, por disidentes religiosos que fueron tan intolerantes que provocaron la intolerancia terminal de la Corona Británica. ¿Pero pueden tales constelaciones perdurar por siglos? Quizás. Todo lo que sé de seguro es que tantas cosas que podrían y deberían ser puramente disfrutables, bajo las condiciones de California, se vuelven en lo que me siento tentado de llamar una "ofensiva generalizada de enfermeros". Te unes a uno de esos incalculables "book clubs" porque crees que leer, casi como rezar, puede transformarse en una mejora a favor de la raza humana. Si invitas a un amigo a un tour de catación de vino (y más), como sucede en la hermosa comedia californiana "Entre copas"(1), dices, como si fueras un maestro de escuela primaria, que quieres "mostrarle" a tu amigo un buen momento. Si tienes sexo, pretendes (y para poner las cosas peor, honestamente puede que lo pienses) querer "expresar" cariñosos sentimientos hacia tu pareja (como si el lenguaje no fuese un medio mucho más práctico para este propósito específico). En un examen universitario, un estudiante es tentado a calificar las preguntas del examinador, ambas oportunistas y absurdamente, como "ayuda", ofreciéndole a él o a ella un rol terapéutico (¿qué más?). La única cosa que nuestra sociedad de California del Norte no tolera es el odio y, con perdón de Dios, la tragedia, en el sentido original del problema existencial sin solución posible. Es por esto que lo que llamamos "tragedias" son situaciones como banales accidentes de tránsito, la muerte a tiempo de viejos parientes, o diagnósticos de cáncer (según cuán benigno sea el tumor).

Sin duda me dirán que no tienen semejantes problemas entre los intelectuales en Riga -y concuerdo, al menos en la superficie del argumento. Viviendo en una importante tradición europea Central y Occidental, la seriedad y el "espíritu crítico" de los intelectuales de Latvian parece anticipar cualquier posible necesidad extrema de contra-balance y por tanto, en esta visión, infundada felicidad. Los intelectuales de Latvian no dejarán que nada se erija sin antes ser sometidos sus aspectos positivos a una duda crítica. ¿Pero no es esto mejor, al menos más honesto que la hipocresía del síndrome del enfermero? Mi primera reacción es que esa actitud de absoluta negatividad no es otra cosa que la antigua, sobredramatizada , y quizás la versión Dostoievskiana del mismo y repulsivo complejo de enfermero. La absoluta negatividad siempre ha sido, para hablar con una metáfora médica, el modo quirúrgico del complejo de enfermero. Pero ser consistentemente negativo no justifica realmente el reclamo de ser más verdadero. Por lo tanto, más que ser el opuesto al "verdadero espíritu crítico", ofreciendo ayuda a través de hirvientes avisos de livianas palabras con la misma irritante y condescendiente arrogancia, ahora se disimula en el estilo de la medicia interna y sus quizás más sofisticados tratamientos farmacológicos.

"Un mundo mejor", en ambos casos, deberá depender de nuestra buena voluntad para dejar todo reclamo auto-enaltecedor de procurar el cuidado de la vida de la gente en uno u otro sentido. Lo que más amo de California son esos momentos cuando sin pretensiones decimos "cuidate", en vez de "hasta luego". Por esto, verán que aún los californianos no toman sus palabras muy en serio. Para insistir (y criticar), la mayoría de la gente que dice "cuidate" no derramará una lágrima si te atropella un auto tres minutos después, lo que es anticuado, y pesado intelectualismo- del cual temo pueden encontrar tanto en California como en Riga. Pero nadie dice "cuidate" con más gracia que esas personas que cargan tus verduras en los supermercados de California.

Y esta es una razón más del por qué espero que vengan pronto a verme en mi habitat de la Costa Oeste Americana.

Grandes abrazos de su amigo.

Sepp

 
Hans Ulrich Gumbrecht, 1948, Alemania.
Doctorado en la Universidad de Constanza en 1971.
Profesor en el Departamento de Literatura Comparada de la Universidad de Stanford.
Miembro de la Academia Americana de Artes y Ciencias.
Sus publicaciones abordan temáticas sobre historia de la literatura, literatura española, la cultura medieval, los medios de comunicación, el cuerpo y el deporte.