“Centenares de esos que denominamos esquizofrénicos, y millares a los que todavía no se les ha dado nombre alguno, pero que fueron arrancados de sí mismos, de su yo y de su entorno, por una toma de mezcalina, han pronunciado la misma frase, han conocido la misma ilimitación, la misma disipación de su propia medida, el mismo desvanecimiento de las relaciones con lo que es limitado, pragmático y con esos raros limitados que son los otros hombres que charlan, sin saber nada, sin tener aspecto de sospechar que existe otro universo” 1 |
El poeta, pintor y escritor Henri Michaux nació en Bélgica en mayo de 1899. A los veinte años abandonó sus estudios de medicina y se enroló como fogonero en un buque mercante de la marina francesa que le trajo a América del Sur. Luego de unos años de viajes, en 1923, regresó a Bruselas y en seguida partió rumbo a París donde instaló su residencia y retomó sus estudios. Esta vez, sin embargo, no fue la medicina quien captó su atención y su interés sino las letras y el arte. A pesar de todo, su afán por los viajes seguía intacto y así llegó a Ecuador, Extremo Oriente, Argentina y Uruguay. Para ese entonces, Michaux había publicado varios libros tales como “ Les rêves et les jambes”, “Qui je fus”, “Ecuador” y “ Un barbare en Asia”, traducido al español por Jorge Luis Borges. En 1936 llegó a Uruguay a fin de visitar a su amigo Jules Supervielle. Aquí se enamoró perdidamente de la poetisa Susana Soca, pero este amor nunca fue correspondido. Ya entrado en años, Michaux comenzó a interesarse particularmente en las drogas alucinógenas, las cuales contribuyeron con su afán exploratorio. Allí comenzó una fase de alienaciones experimentales que dieron lugar a varias de sus obras, entre ellas, El infinito turbulento (1959), Conocimiento en el abismo (1961) y Las grandes pruebas del espíritu (1966). Este último libro es una exploración en la que analiza diversos aspectos que surgen en este estado de “alienación experimental” al cual se auto induce con la toma de alguna sustancia psicoactiva (generalmente mezcalina o ácido lisérgico). Allí reflexiona en torno a variadas cuestiones. Por ejemplo, refiere al pensamiento y resalta lo inconsciente que es el ser humano en relación a lo que piensa, remarca cómo las ideas pasan casi sin ser percibidas por nuestra conciencia. |
Escribe Michaux: “…el espíritu está hecho de tal modo que no es capaz de percibirse a sí mismo, de captar directamente, constantemente, su mecanismo y su acción, pues tiene otras cosas que percibir. Yo había precisado de la perturbación insidiosa de una droga, gracias a la cual “eso” se había detenido, para permitir que, por fin, a edad ya avanzada, percibiese verdaderamente, experimentalmente una función tan importante, casi omnipresente, y su incesante acción que acababa de cesar. Ese abismo de inconciencia cotidiana, súbitamente descubierto, desconcertante, y que jamás iba a poder olvidar, me advertía que debía buscarla en otras partes, ya que era, también, omnipresente, al extremo que casi se podría decir que el pensar es inconsciente” 2. |
Michaux utiliza las drogas como un medio a través del cual, logra descubrir y captar los mecanismos del pensamiento, las operaciones mentales que realizamos. Crea una especie de juego de cajones en el que algunos deben cerrarse para poder abrir otros. En tal sentido, y con las ayuda de estas sustancias, Michaux “añade conciencia” en lugares dónde no existía quitándola de aquellos otros dónde siempre había estado presente. “Microfenómeno por excelencia, el pensar, sus múltiples influencias, sus múltiples y silenciosas microperaciones de dislocamiento, de alineamiento, de paralelismos, de desplazamientos, de sustituciones (…) escapan y deben escapar. Sólo pueden ser seguidas, y excepcionalmente, bajo el microscopio de una atención desmesurada, cuando el espíritu monstruosamente sobrexcitado, por ejemplo bajo el efecto de una fuerte dosis de mezcalina, modificado su campo, ve sus pensamientos como partículas, que aparecen y desaparecen a velocidades prodigiosas. Entonces es cuando capta su “captar”, estado que, de hecho, se halla fuera de lo ordinario, espectáculo único, y don que el drogado, sin embargo, llevado por otras maravillas u por gustos nuevos, por juegos del espíritu de los que anteriormente habría sido incapaz, apenas sueña con aprovechar” 3 . El libro es una búsqueda por develar al alma. Por percibir los mecanismos que esta utiliza y que difícilmente pueden captarse de manera conciente. |
Quiere descubrir y descubrir-se a través del espíritu, espíritu que se revela en “las demencias, los retrasamientos, los delirios, los éxtasis y las agonías…” 4 Sus experiencias con la droga son un disparador que, luego, una vez que ha vuelto en sí, retomará para tratar de comprender. “…era un espectáculo extraordinario, hormigueante funcionamiento inútil y sobrehumano que merece que se vuelva a él a menudo, precisamente porque no se puede hacer en él la parte de lo esencial y de lo anormal” 5 . Las experiencias del artista con estas sustancias muestran también cómo, bajo el efecto de las mismas, se produce un quiebre en la relación pensamiento- palabra. Escribe Michaux que, en el estado ordinario de conciencia, “la palabra obliga al pensamiento a seguir su camino bonachón. La procesión de las palabras debe ser seguida por el pensamiento, el pensamiento ha de entrar en el vestido de las palabras, en la inscripción de las palabras debe quedar fijado, pensado, moderado” 6 . En cambio, en el estado de conciencia alterada, una fuerza incontenible hace de la verbalización un imposible. Es difícil encontrar las palabras, y cuando aparecen resultan escasas, inadecuadas, inútiles. Es como que el servicio que el lenguaje le hace al pensamiento, queda obsoleto cuando, bajo el efecto de una droga, la velocidad mental se incrementa de tal modo que se produce un defasaje irreparable entre palabra e idea. “El lenguaje –escribe Michaux- parecía una gran máquina pretenciosa, torpe, que todo lo echaba a perder, y que, además, se iba alejando hacia la indiferencia con un distanciamiento cada vez mayor” 7 . El lenguaje sólo puede acompañar al pensamiento cuando este marcha a “una velocidad de peatón, a una velocidad de recogedor, a una velocidad para la adquisición, para leer, para calcular, para examinar, para retener, para estudiar” 8 . Por otra parte, Michaux reflexiona en torno a cuestiones espaciales, y cómo este tipo de nociones se modifican bajo el efecto de sustancias psicoactivas. De esta forma escribe: “Un cielo negro y muy estrellado se extendía por doquier. Me hundí en él. Fue extraordinario. Despojado instantáneamente de todo, como de un abrigo, entré en el espacio. Me sentí proyectado a él, precipitado en él, lanzado. Asido violentamente por él, sin resistencia. Pródigo jamás esperado… ¿Cómo no lo había conocido antes? Tras el primer minuto de sorpresa me parecía ya tan natural sentirme transportado al espacio. Y, sin embargo, ¿cuántas veces no había contemplado cielos tanto o más hermosos sin otro efecto que una verdadera y vana admiración? Admiración: antecámara, y sólo antecámara. Lo comprobé una vez más. Lo que vivía era algo muy distinto a la admiración, un registro completamente diferente” 9 . |
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Michaux explica cómo, bajo el efecto de las drogas, lo estático, lo sólido y lo finito desaparecen por completo. Cómo se despoja de posesiones, atributos y localización. Cómo se produce la pérdida del yo. “Durante las horas admirables que acababa de vivir –escribe-, abolida toda substanciación o materia, había estado investido de espacio, investido hasta un extremo indescriptible, hasta el extremo de ser casi iguales, indiferenciados” 10 . Sin embargo, cuando los efectos desaparecen, cuando se aterriza nuevamente, los límites vuelven a establecerse claramente, retorna “la conciencia dualizante”. El espacio deja de ser un todo con uno y se torna nuevamente “una noción, una evaluación, un dato”. Casi al final del libro, el artista reflexiona y escribe: “Tal vez le valga la pena, a quien se haya metido en esta situación infernal, saber que el mismo flujo desorganizador, el mismo caudal descomunal que desborda por todas pares, y para el cual uno no tiene uso alguno, porque no puede retenerse, ni contener, y enloquece, quizá convenga saber que ese mismo desorganizador puede convertirse, para quien sepa cómo aprovecharlo, en el mismísimo trampolín de la trascendencia “ 11. |
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NOTAS: |
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| 1 Michaux, H., Las grandes pruebas del espíritu, Tusquets, Barcelona, 1985, p.33. 2 Ibid., p. 12. 3 Ibid., pp. 12 – 13 4 Ibid., p. 15. 5 Ibid., p. 21. |
6 Ibid., p.27. |